Aquelarre

Temible inmensidad en el caldero de los elementos conjurados. Una procesión fatal se dirige al lugar de la reunión. Arpías de mandíbulas recias, espectros impíos, esclavos del infierno son los peregrinos condenados.
Cargan alforjas con almíbar congelado en las fauces de la muerte. Las dejan como pago ante la puerta de los perdidos.
Cuando el número de horrendos aumenta, se preparan en torno a un círculo improvisado. En el centro están los anfitriones, hacia afuera se ordenan las huestes menores de ese ejército maldito.
De algún lugar que no puede ser identificado, quizás el mismo infierno, comienza a sonar una música embriagadora. Los círculos se mueven como olas. Todos los congregados son el agua de un mar saturado por la embriaguez de ese almíbar que la muerte les congela.
Cantan y bailan al compás de esos valses subterráneos. Gritan el nombre de los anfitriones, y éstos dan la bienvenida a un aquelarre fatal.
Del techo, iluminado por las cabezas ahuecadas de algunas víctimas, comienza a descender el cuerpo, rígido por el miedo, del último sacrificado.
Los espectros y las arpías se acercan con palos para comenzar la tortura. Lo que extraigan del cuerpo exánime hará las delicias de sus almas compradas por el mal.
Un espectro levanta su garrote para romperlo sobre la víctima, y ésta se retuerce en la soga que la sujeta. Las arpías dibujan sus sonrisas esperando una porción de las entrañas. El garrote se prepara para caer, una ilusión oscura cruza las miradas de los invitados, el espectro verdugo sonríe…
_ ¡Timbre!
_ Ahh debe ser Ariel…siempre tarde…
_¡Hola! Perdón, se me hizo tarde…
_ ¡No digas!...no me dí cuenta…menos mal que no te esperamos, mi hermano pudo conectar el equipo de música en el sótano….pero… ¡no trajiste disfraz!…
_No, me olvidé. Prestame una sábana y me hago un fantasma.
_Bueno, dale. Dejá los caramelos al lado de la puerta y andá con los chicos, justo íbamos a romper la piñata…

Reflexión

Jugar a ser otros es igual que estar frente a un espejo. Frente a un espejo siempre se es otro. Lo supo el enamorado de sí mismo ante el espejo de agua; lo sabía el poeta ciego y temeroso de su reflexión; lo sabe la viajera del país maravilloso. Aquél que luego de jugar se hizo el otro para cantarnos sin miedos, también lo sabe.
Quien no recuerde no haberse reconocido en un espejo al menos una vez; probablemente se haya confundido con ese otro que vemos en la superficie. En ese caso perdió el juego y es ahora el reflejo del que ocupa su lugar.
El otro no tiene nuestros miedos y si tuviera un nombre propio, tendría todo a su favor.
Sin embargo no conoce nuestra posibilidad de imitarlo, y ahí radica su punto más débil. Aquél lo sabía, y preparó un juego en que no podía perder. Luego haría su mejor canción.
Al del espejo, éste le imitó las formas, le preguntó sus deseos y los hizo suyos. Vistió su imagen tal como el reflejo quería la suya.
Como no conocía la voz del otro, la inventó él mismo. De la crepitación de las llamas y el rugido de un león, creó el sonido de la voz que puso a su copia del reflejo.
Darle un nombre fue fácil. En el juego de ser otros siempre hay maestros, y éste lo encontró en un personaje ficticio:

“Tú eres realmente un Bunburysta. Tenía yo razón en absoluto al decir que eras un Bunburysta. Eres uno de los Bunburystas más adelantados que conozco…”

Así como no existen las casualidades, nada que se repitiera tres veces podía ser casual. Bajo esa ley realizó el bautismo.
No pregunten si ganó o no su juego, no lo sabemos. Nunca sabremos si el reflejo ya conocía las reglas, y si el que vemos rugir su mejor canción entre nosotros, no es que el antes era visto por el que ahora es su reflejo.