Jugar a ser otros es igual que estar frente a un espejo. Frente a un espejo siempre se es otro. Lo supo el enamorado de sí mismo ante el espejo de agua; lo sabía el poeta ciego y temeroso de su reflexión; lo sabe la viajera del país maravilloso. Aquél que luego de jugar se hizo el otro para cantarnos sin miedos, también lo sabe.
Quien no recuerde no haberse reconocido en un espejo al menos una vez; probablemente se haya confundido con ese otro que vemos en la superficie. En ese caso perdió el juego y es ahora el reflejo del que ocupa su lugar.
El otro no tiene nuestros miedos y si tuviera un nombre propio, tendría todo a su favor.
Sin embargo no conoce nuestra posibilidad de imitarlo, y ahí radica su punto más débil. Aquél lo sabía, y preparó un juego en que no podía perder. Luego haría su mejor canción.
Al del espejo, éste le imitó las formas, le preguntó sus deseos y los hizo suyos. Vistió su imagen tal como el reflejo quería la suya.
Como no conocía la voz del otro, la inventó él mismo. De la crepitación de las llamas y el rugido de un león, creó el sonido de la voz que puso a su copia del reflejo.
Darle un nombre fue fácil. En el juego de ser otros siempre hay maestros, y éste lo encontró en un personaje ficticio:
“Tú eres realmente un Bunburysta. Tenía yo razón en absoluto al decir que eras un Bunburysta. Eres uno de los Bunburystas más adelantados que conozco…”
Así como no existen las casualidades, nada que se repitiera tres veces podía ser casual. Bajo esa ley realizó el bautismo.
No pregunten si ganó o no su juego, no lo sabemos. Nunca sabremos si el reflejo ya conocía las reglas, y si el que vemos rugir su mejor canción entre nosotros, no es que el antes era visto por el que ahora es su reflejo.
Quien no recuerde no haberse reconocido en un espejo al menos una vez; probablemente se haya confundido con ese otro que vemos en la superficie. En ese caso perdió el juego y es ahora el reflejo del que ocupa su lugar.
El otro no tiene nuestros miedos y si tuviera un nombre propio, tendría todo a su favor.
Sin embargo no conoce nuestra posibilidad de imitarlo, y ahí radica su punto más débil. Aquél lo sabía, y preparó un juego en que no podía perder. Luego haría su mejor canción.
Al del espejo, éste le imitó las formas, le preguntó sus deseos y los hizo suyos. Vistió su imagen tal como el reflejo quería la suya.
Como no conocía la voz del otro, la inventó él mismo. De la crepitación de las llamas y el rugido de un león, creó el sonido de la voz que puso a su copia del reflejo.
Darle un nombre fue fácil. En el juego de ser otros siempre hay maestros, y éste lo encontró en un personaje ficticio:
“Tú eres realmente un Bunburysta. Tenía yo razón en absoluto al decir que eras un Bunburysta. Eres uno de los Bunburystas más adelantados que conozco…”
Así como no existen las casualidades, nada que se repitiera tres veces podía ser casual. Bajo esa ley realizó el bautismo.
No pregunten si ganó o no su juego, no lo sabemos. Nunca sabremos si el reflejo ya conocía las reglas, y si el que vemos rugir su mejor canción entre nosotros, no es que el antes era visto por el que ahora es su reflejo.


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