La pared



Un día desperté y estaba la pared ahí, en el medio. La observé con detenimiento y un poco de miedo; no conozco otros casos pero podría afirmar que no es tan común encontrar una pared nueva de la noche a la mañana obstruyéndole a uno el camino. Pero sí, estaba ahí, tan imposible de traspasar o saltar como la mayoría de su especie. Supuse que había sido  construida durante la noche; al fin no es tan difícil y debo admitir, tengo el sueño pesado.
En otra oportunidad me habría quedado a un lado, podría haberla decorado o simplemente dejar que el tiempo y sus elementos se ocuparan de ella. Sin embargo era el mes de pagar cuentas y aunque mi trabajo ofrece la suficiente libertad horaria, no podía darme el lujo del descanso.
¿Cómo derribar sola una pared completa y llegar a tiempo al trabajo? Caí en la cuenta de que por prestarle atención no había comido; iba a necesitar estar bien alimentada para destruirla. Preparé el desayuno y lo tomé de frente a ella, en clara actitud de invitación a una guerra; sé que no la comprendía pero hacerlo me daba ánimos, de hecho no lavé mi taza por no darle la espalda.
Me acerqué con toda intención de hacerla caer, pero comenzaron a transpirarme las manos, me faltó el aire. Corrí al baño y dejé caer sobre mí todo el peso de la ducha; al parecer hacía falta más valor.
Regresé despacio al comedor, con la esperanza de que algo la hubiera roto por mí. Pues no, ahí seguía la pared justo en el medio.
Había pasado media mañana y casi la mitad de mi turno de trabajo, era imperioso deshacerme del obstáculo.
Ya había comprobado que no podía hacerlo con mis armas habituales, por lo tanto me senté y tomé un anotador. Corté la primera hoja, porque no me servía la lista de compras y escribí: “Había un vez un árbol verde de cartón corrugado. El cartón lo habían juntado en siete noches un par de diputados, totalmente ajenos a sí mismos  producto de la cantidad de alcohol que ingirieran durante la cena. En las hojas escribieron citas bíblicas sobre el apocalipsis. ¿Cómo es que en algunos momentos de nuestra vida atribuimos a la imaginación un origen casi místico? Antes de hallar conclusiones, permítanme contarles la historia de una pared…”
Ahí estaba, o mejor dicho, ya no estaba; había logrado la demolición de mi pared. Por supuesto es un borrador, pero ya tendré tiempo de completar la nota; en la revista siempre me dan un día más.


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