Sobre cómo un dios aprende a crear seres

Agua, tierra, aire y fuego, fuego, agua, tierra y aire, tierra, aire, agua y fuego, aire, tierra, fuego y agua.
El joven dios repasaba en voz alta los elementos que su maestro le había encomendado unir en un nuevo ser para poblar el mundo.
Durante miles de días y noches (dos o tres semanas, habría dicho un mortal. Los aprendices de dios suelen ser exagerados, como todo alumno) el joven demiurgo observó a los seres de la tierra, del aire, del agua. Persiguió a una salamandra y al fénix porque el simple fuego no le pareció más que hipnótico y tentador.
Ningún ser en especial lo inspiraba, y extrañamente todos le parecían fascinantes.
Decidió comenzar por otorgar la facultad del vuelo a un animal terrestre. Resultó bastante bien hasta que quiso sumergirlo en uno de los mares, lamentablemente el cuerpo mojado era muy pesado para llevar en el aire. Ese cuerpo exánime quedó en medio de una huerta, y el dios pudo secar las tibias lágrimas del niño que lo halló y le dio sepultura.
En el siguiente intento le dio patas a un animal acuático; luego, el experimento resultó una buena forma de aprender que por alguna razón fuego y agua no combinan. Si el fuego no evita la humedad, el agua se evapora; en el último caso, el animal en cuestión desaparece en medio de un holocausto bastante triste de ver. Esta vez, los restos aún humeantes fueron descubiertos por una anciana, que sin quemarse los tomó en sus manos y los esparció en la tierra entonando una canción de adiós.
Más adelante enterró a un animal volador cerca del volcán, pero cuando regresó a sacarlo para ver el resultado, comprendió que había faltado el aire, y no solo para volar, pues al pobre se le habían secado los pulmones. El hombre que encontró el cadáver elevó a los dioses una plegaria entre gritos y llanto. El joven dios, un poco avergonzado, lo acompañó mientras sentía el calor de su congoja por la muerte.
Los fracasos se acumulaban, el aprendiz de dios deambulaba triste. Los hombres no podían verlo, mas sabían de su tristeza porque a su paso todo moría.
Esa noche, los habitantes de la aldea planearon un agasajo para alegrarlo. Armaron una gran fogata y a su alrededor comenzaron un baile al son de tambores,  flautas y cañas rellenas con semillas.
El dios sonrió tímidamente y se acercó a los hombres. Para reconocer el homenaje, decidió premiar al mejor bailarín tocando sus piernas para hacerlas más hermosas. Al tocar al hombre sintió que sus manos se quemaban… la piel de ese bailarín era de fuego. Recordó las lágrimas del niño, tibias; las manos de la anciana, tan calientes como los restos incendiados; el grito del hombre, saliendo de un cuerpo acalorado por la tristeza.
Recordó cómo su maestro había creado a los hombres, de barro y cocidos al fuego. Su cuerpo siempre estaba tibio. Y recordó también que al hablar del fuego, su maestro nunca afirmó que el nuevo animal debía estar en llamas.
El nuevo intento sería el último, esta vez no iba a fallar. Decidió tomar el cuerpo del bailarín, por ser el mejor formado; las alas de un murciélago, porque no le atraían las plumas; la cabeza de un jaguar, en honor a su maestro; y la cola de un delfín, para que al fuego del hombre lo mitigara la ternura de otro mamífero.
Con el nuevo animal caminando a su lado, el joven dios buscó a su maestro. Éste disimuló su rechazo con una leve mueca de aceptación, y sólo dijo a su discípulo que deberían trabajar un poco más en la tarea.
Para evitar que el nuevo cuerpo se convirtiera en cadáveres esparcidos por el campo a la vista de personas sensibles, le recomendó esconder su creación en el mundo de los sueños, donde nadie que lo encontrara pudiera asustarse.
Así lo hizo el alumno, y el extraño animal apareció en el sueño de un artista. Desde entonces, se pueden ver pequeños animales creados a imagen y semejanza de ese primero que unió los cuatro elementos. Eso sí, de madera, cartón y colores muy alegres; para impedir que las personas sensibles anden derramando sus lágrimas ante los restos de cualquier intento fallido.

Inspirado en la ilustración de: http://jarillero.blogspot.com/

Descenso al lago de las almas

Durante miles de años, el descenso a los infiernos ha sido motivo de fascinación de los hombres. Y como todos saben, una de las consecuencias de la fascinación es el mito.
Él no estaba seguro de querer convertirse en el personaje de un mito, pero igual ajustó los lazos de la alforja que usaría en su viaje.
Muchos se han preguntado acerca de la dificultad de atravesar el infierno y salir de él sin consecuencias negativas. Los mitos nos muestran a dioses y héroes en pasajes sombríos y tristes por la tierra de los muertos. El infierno puede ser un desierto oscuro, un valle atravesado por un río, el reino de los antepasados, un lago de almas.
Él atravesaría un lago, un valle, un desierto, uno de ellos o todos a la vez; llenos de almas como la suya pero ya sin vida; para saber si podía llevar una sonrisa y traer un mensaje que la repitiera entre los vivos.
Es conocida la historia de Orfeo, cuya curiosidad impidió que pudiera sacar a Eurídice del reino de Hades.
Cual la lira de Orfeo, sería su voz el instrumento para cantar a los dioses del infierno.
Démeter, aún en su carácter de diosa, sólo consiguió hacer un pacto según el cual se permite a su hija Perséfone pasar con ella una temporada al año, que trae para nosotros la llegada de las estaciones fértiles.
No contaba con el tiempo de una temporada fértil, y no era un dios, pero no iba a someterse al reino del miedo por no entrar al de la muerte.
Ishtar, la diosa babilónica de la fertilidad, estrella de la mañana, atravesó las siete puertas del infierno para pedir a su hermana Ereskigal que devolviera la vida a su esposo Tammuz; y en cada puerta pagó con parte de su vida.
Él pagaría con sonrisas en cada puerta, y con lágrimas si su alegría no era suficiente para abrir las cerraduras de la eternidad.
Ulises descendió a consultar el porvenir de su viaje. A imitación de éste, el Eneas de Virgilio conoció en los infiernos el futuro de la grande Roma y sus césares.
Antes de partir, tuvo la sensación de que cualquier futuro augurado en el infierno sería más prometedor que el presente, cualquier palabra arrebatada a los muertos sería un mensaje liberador para los vivos.
Nueve días y nueve noches cabalgó Hermod hacia el Helheim para solicitar que se les devolviera a Baldr con vida. Le dijeron que era posible si todos los seres del mundo lloraban por él. La gigante Thok se negó, y Baldr no pudo regresar al Asgard.
El regreso del peregrino mortal no podía depender tampoco de lágrimas ajenas, si nadie reía por él, menos esperaba ser el objeto de la tibia compasión de nadie.
Si dioses y héroes no lograron sus deseos en el hades, kurnugia o el helheim, más de uno habrá de preguntarse si puede un mortal lograrlo.
Éste dejó el testimonio de su viaje, a su regreso. Nadie supo de su partida simplemente porque nunca necesitó desplazarse, y sin embargo fue.
Días y noches por un camino de luz que terminaría en un rincón oscuro.  Puertas que cobraban sonrisas para ser abiertas, cada día más triste el caminante. Eternas temporadas infértiles en un valle muerto para siempre. Al final, un lago de almas.
Iba preparado, ese viaje sería un ritual para volver renovado, verdadero. Una pluma por cada año de su vida, la mirada coloreada para que las almas de sus antepasados pudieran reconocerlo. Su alforja llena de la vida que tanto le pesaba.
Algunos ignorantes dirán que descender al infierno equivale a quitarse la vida, pero sólo porque desconocen que los muertos deben estar seguros antes de dejar ingresar a alguien en su reino.
Otros pueden afirmar que tal viaje nunca existió, pero son sólo aquellos que no comprenden el mensaje que el caminante trajo a su retorno.
También existen los falsos creyentes, que repiten las palabras del viajero y se consideran salvados del camino personal al mismo infierno.
Finalmente, aquellos que reinventan la poesía, esos que reconocen el significado de sus palabras sin decirlas, lo han visto ir y volver.
Él repite:

Essil on Essil on eriftel al

Y en lago de las almas, más de una sonríe.

*Njosnavelin, Sigur Rós



Inspirado en: http://jarillero.blogspot.com/

Aquelarre

Temible inmensidad en el caldero de los elementos conjurados. Una procesión fatal se dirige al lugar de la reunión. Arpías de mandíbulas recias, espectros impíos, esclavos del infierno son los peregrinos condenados.
Cargan alforjas con almíbar congelado en las fauces de la muerte. Las dejan como pago ante la puerta de los perdidos.
Cuando el número de horrendos aumenta, se preparan en torno a un círculo improvisado. En el centro están los anfitriones, hacia afuera se ordenan las huestes menores de ese ejército maldito.
De algún lugar que no puede ser identificado, quizás el mismo infierno, comienza a sonar una música embriagadora. Los círculos se mueven como olas. Todos los congregados son el agua de un mar saturado por la embriaguez de ese almíbar que la muerte les congela.
Cantan y bailan al compás de esos valses subterráneos. Gritan el nombre de los anfitriones, y éstos dan la bienvenida a un aquelarre fatal.
Del techo, iluminado por las cabezas ahuecadas de algunas víctimas, comienza a descender el cuerpo, rígido por el miedo, del último sacrificado.
Los espectros y las arpías se acercan con palos para comenzar la tortura. Lo que extraigan del cuerpo exánime hará las delicias de sus almas compradas por el mal.
Un espectro levanta su garrote para romperlo sobre la víctima, y ésta se retuerce en la soga que la sujeta. Las arpías dibujan sus sonrisas esperando una porción de las entrañas. El garrote se prepara para caer, una ilusión oscura cruza las miradas de los invitados, el espectro verdugo sonríe…
_ ¡Timbre!
_ Ahh debe ser Ariel…siempre tarde…
_¡Hola! Perdón, se me hizo tarde…
_ ¡No digas!...no me dí cuenta…menos mal que no te esperamos, mi hermano pudo conectar el equipo de música en el sótano….pero… ¡no trajiste disfraz!…
_No, me olvidé. Prestame una sábana y me hago un fantasma.
_Bueno, dale. Dejá los caramelos al lado de la puerta y andá con los chicos, justo íbamos a romper la piñata…

Reflexión

Jugar a ser otros es igual que estar frente a un espejo. Frente a un espejo siempre se es otro. Lo supo el enamorado de sí mismo ante el espejo de agua; lo sabía el poeta ciego y temeroso de su reflexión; lo sabe la viajera del país maravilloso. Aquél que luego de jugar se hizo el otro para cantarnos sin miedos, también lo sabe.
Quien no recuerde no haberse reconocido en un espejo al menos una vez; probablemente se haya confundido con ese otro que vemos en la superficie. En ese caso perdió el juego y es ahora el reflejo del que ocupa su lugar.
El otro no tiene nuestros miedos y si tuviera un nombre propio, tendría todo a su favor.
Sin embargo no conoce nuestra posibilidad de imitarlo, y ahí radica su punto más débil. Aquél lo sabía, y preparó un juego en que no podía perder. Luego haría su mejor canción.
Al del espejo, éste le imitó las formas, le preguntó sus deseos y los hizo suyos. Vistió su imagen tal como el reflejo quería la suya.
Como no conocía la voz del otro, la inventó él mismo. De la crepitación de las llamas y el rugido de un león, creó el sonido de la voz que puso a su copia del reflejo.
Darle un nombre fue fácil. En el juego de ser otros siempre hay maestros, y éste lo encontró en un personaje ficticio:

“Tú eres realmente un Bunburysta. Tenía yo razón en absoluto al decir que eras un Bunburysta. Eres uno de los Bunburystas más adelantados que conozco…”

Así como no existen las casualidades, nada que se repitiera tres veces podía ser casual. Bajo esa ley realizó el bautismo.
No pregunten si ganó o no su juego, no lo sabemos. Nunca sabremos si el reflejo ya conocía las reglas, y si el que vemos rugir su mejor canción entre nosotros, no es que el antes era visto por el que ahora es su reflejo.