Adán

Por la mañana, Adán, recién anoticiado de su creación, quiso ver al Padre.
Avanzaba Adán entre las bestias, creado de la tierra para reinar entre ellas. Los animales lo veían con admiración. Sintió que Él lo llamaba, por eso se dirigió al lugar desde donde podría tocar la mano del Padre.
Cada nivel lo alejaba de la tierra y lo acercaba al cielo prometido. Atrás quedó el suelo y un hipopótamo que lo miraba.
Con el primer nivel abandonó a las jirafas, agitadas ante su rostro divino…¿era ese el mismo hipopótamo del suelo?. En el segundo nivel había aves, que sólo miró de reojo, porque graznaban peligrosamente al verlo. Tal vez le gritaban al hipopótamo, que seguía subiendo.
Debía llegar al séptimo nivel, porque el Padre le había prometido una compañera si lo hacía.
En el tercero y cuarto se arremolinaron insectos para verlo, los espantó con las manos y siguió subiendo. Comenzó a creer que el hipopótamo lo seguía.
Al sexto nivel llegó Adán para ver cómo danzaban ángeles, al parecer algo envidiosos porque el hombre subía a ver al Padre. Ahí estaba el mismo mamífero acuático, siempre siguiéndolo.
Estaba cerca del séptimo nivel, allí estaría el Padre. Estiró su mano para tocar antes…ahí está, el milagro de la creación frente al creador de toda ella. El hombre y el dios juntos…El hipopótamo apareció junto al Padre…Ramírez!!!!!
Esa mañana Adán no tomó las pastillas, y salió a la calle como salió de la ducha. Su jefe lo vio llegar y lo siguió. Adán subió tranquilo…el jefe atrás. Planta baja y todos los pisos se acercaron a las ventanas para verlo, el jefe atrás para detenerlo. En el séptimo piso Adán había intentado entrar en la oficina del director de la compañía.
Por la tarde, Adán Ramírez regresó a casa con un sumario por subir desnudo al andamio para limpiar las ventanas.

Hallazgo de la carta de Mia, madre de un rey (2)

Mi amigo llamó con la voz casi en un hilo para pedir que lo esperara con las herramientas listas. Preparé las pinzas, el atril y la lámpara. Encendí el hogar para calentar el ambiente del estudio, que yo utilizaba poco en el invierno. Sobre todo pidió mi silencio.
Golpeó la puerta. Abrí y estaba frente a mí sosteniendo el cofre como una ofrenda. Me dirigió un saludo breve mientras entraba al estudio. Colocó el cofre sobre el atril y me pidió que cerrara las puertas.
Lo abrió con solemnidad, extrajo el sobre con una de las pinzas. Era un papel amarillo, las puntas estaban casi quemadas por los años; un trozo de la solapa del sobre se desarmó en el aire.
_¿Esta es la carta?_ su sonrisa me dijo que sí.
Mi amigo estudiaba desde hacía años a un personaje tan misterioso como seductor: la última mujer condenada por brujería. En las enciclopedias se la nombraba Mía Trapañe; una sirvienta de la corte acusada de traición y quemada en la hoguera.
Los historiadores le habían dedicado no pocas páginas de estudios y libros porque era su nombre el que la Casa Real enarbolaba al hablar de traición: la peor de todas era Trapañe. Mi compañero se había encargado de mantener la tradición con un amplio análisis, considerado por la corte actual como el más acertado y mejor.
Ahora traía un documento que más de uno quería tener, un rumor confirmado: la existencia de una carta de Mia, quizás su versión de los hechos, tal vez algo personal y sin importancia.
Leyó en voz alta para mí:
“Mis padres me llamaron María Ivonne Amalia Trappaine, en un intento por resguardar el lejanísimo legado noble de mi abuelo. Algunos de mis compañeros me llamaron Mia….”
Con esto salvó el primer error de los siglos: su nombre. Más adelante el rostro del lector se entornó en una mueca de enojo…leyó para mí lo que ella decía de los reyes:
“…¿Cuánto podrían prolongar nuestro castigo mis dueños?¿Cuántas muertes por el león de un escudo?...”
Asesinatos, intrigas, una verdad que me parecía razonable; una versión que tiraba por la borda el buen nombre de mi amigo, su trabajo y sus mecenas. Esta muchacha afirmaba ser la verdadera madre del primer hijo de los reyes:
“…En el palacio, la reina llevaría un vientre falso. En el campo, yo llevaría un vientre vivo para ella. Debía volver cuando el niño cumpliera dos meses…”
El lector me miró de reojo y dejó la pinza con descuido en un borde del atril. Ahora no era mi amigo el mismo que llegó, era un hombre preocupado que sin hablar me pedía silencio…Me acerqué al papel y leí la carta completa. Yo no tenía dudas de que fuera verdad lo que contaba, una línea histórica sostenía que tal saña de la familia real contra un solo personaje debía esconder una mentira…y era cierto. Era un instrumento útil por su discreción, y tal fue el silencio que nadie figuró la conjura que planeaba:
“…Llamaron a la más callada para la misión más discreta. Acepté sin despertar a mi voluntad; ella, que me oyó en silencio, comenzó a trazar el plan. Caerían para el pueblo los tiranos y asesinos, porque yo iba a dárselos…”
Mi amigo paseó alrededor del atril, mirando alternadamente al papel y a mí.
_No creo que sea un testimonio verdadero. Afirma ser una mujer educada en todo arte para servir como cortesana, pero los errores de su escritura no son los que corresponden al estado de la lengua en su época…
_Aún si no lo fuera_ lo interrumpí mientras adivinaba su intención_ es un documento histórico, merece que lo estudien… la historia que cuenta concuerda con los estudios de Francois Mouteau y según él…
_ ¡Mouteau es un borracho!_ golpeó el atril sin preocuparse ya por la salud del documento.
Me empujó y arrancó la carta del paño en que reposaba.
_Esto no va a acabar con siglos de estudio, con años de mi dedicación, ni con el nombre de nuestra Casa Real…al fin nadie sabe que lo tenemos o que realmente existe…yo confío en tu silencio… ¿hago bien?_ Agitaba el papel arrugado en su puño y me dirigía una mirada que no reconocí.
_ Sí… haces bien_
La sonrisa que siguió sí la conocía. Se acercó al hogar y tiró la cara al fuego. Alcancé a ver una frase antes que se quemara:
“…Confío en que éstas, mis palabras, sirvan para explicar la verdad…”
Mi amigo me miró, prefirió mirar al suelo y se fue. El portazo que dio hizo vibrar el suelo y tiró la pinza del atril, todo un símbolo de su caída como historiador, y como hombre…o una triste coincidencia.
¿Y yo? ¿En qué momento me convertí un poco en Mia? Cuando callé por no perder a un amigo.
No pienso firmar esta carta ni nombrar a aquel que quemó la verdad. Tal vez en unos años se encuentre ésta y se sepa la verdad que mi memoria permitió guardar en parte.


El gaucho cantor



“…Como en mágico espejismo,

al compás de ese concierto,

mil ciudades el desierto

levantaba de sí mismo…” ·

¿Quién podía desear que el payador de las pampas ya no fuera? Sin embargo todos lo decían… la estirpe gaucha moría porque estaba muerto el poeta.
Fue una lucha con triunfo imposible, porque era el Progreso el contrincante. El Diablo trajo en su canción el alambre que cortó las alas del resero, y el cantor se quedó mudo. Al rastreador le opusieron las ciencias y al cantor le cortaron las cuerdas de la guitarra. El gaucho malo estaba encerrado cuando el cantor desapareció.
Muchos cantaron después el nacimiento del mito, pocos conocieron realmente el final de Santos Vega. A mi me lo contaron, y aunque mucho temo que la historia pueda haberme llegado después de años de reelaboraciones, algo en el aire que respiro me dice que es verdad.
Ya era leyenda su arte cuando al Juan Sin Ropa lo mordió la envidia. Comenzó a seguirlo mientras urdía una trampa y no me sorprende saber que el mismo Diablo tuvo a Santos por maestro para vencerlo mejor.
Las ciudades crecieron detrás de los gauchos, que se acorralaban en el regazo decreciente de la pampa libre. Alambrados, estancias, ferrocarriles y telégrafos para un país cada día más rico…pobre el gaucho.
La noche que Juan se reveló al maestro, le propuso un pacto del que conocemos el desenlace mejor.
El Diablo dio dos opciones. Una era a cambio de su alma, ser el único gaucho en la llanura argentina; ser eterno y leyenda. La otra, para conservar el espíritu; declararse vencido por el alumno y ser olvidado junto con los otros.
Quién sabe lo que vio el cantor mientras sonreía al discípulo envidioso. Quién habrá visto la cara que puso el Diablo cuando Santos eligió la segunda opción.
Las gentes se reunieron para oír el duelo, y como Juan les mostrara el futuro próspero, el cantor se aseguró de conjurar otro futuro. Lo que cantó en silencio lo repitió toda la tierra:

“… ¡Patria! a sus almas decía

el cielo, de astros cubierto,

¡Patria! el sonoro concierto

de las lagunas de plata,

¡Patria! la trémula mata

del pajonal del desierto….” ·

Sí, Juan Sin Ropa ganó el duelo de cantores. Sí, el Diablo trajo el futuro, parió el Progreso y lo dio a los hombres sin reclamo.
Sí, el alumno venció al maestro y lo mató, pero se fue refunfuñando porque ninguno de los argentinos se olvidó del gaucho.
De enojado que estaba cuentan que lo encerró en un viento y le rompió la guitarra. Mas el payador de las pampas había grabado su canto en el aire que todos respiramos, y dicen que al leer los últimos versos de Obligado se oyen, rabioso el grito del Diablo y terrosa pero constante la carcajada del gaucho cantor:

"…-Y si cantando murió

aquél que vivió cantando,

fue, decía suspirando,

porque el diablo lo venció…". ·



· Obligado, Rafael. Santos Vega. Buenos Aires. 1877 (los versos...el cuento no)