Mi amigo llamó con la voz casi en un hilo para pedir que lo esperara con las herramientas listas. Preparé las pinzas, el atril y la lámpara. Encendí el hogar para calentar el ambiente del estudio, que yo utilizaba poco en el invierno. Sobre todo pidió mi silencio.
Golpeó la puerta. Abrí y estaba frente a mí sosteniendo el cofre como una ofrenda. Me dirigió un saludo breve mientras entraba al estudio. Colocó el cofre sobre el atril y me pidió que cerrara las puertas.
Lo abrió con solemnidad, extrajo el sobre con una de las pinzas. Era un papel amarillo, las puntas estaban casi quemadas por los años; un trozo de la solapa del sobre se desarmó en el aire.
_¿Esta es la carta?_ su sonrisa me dijo que sí.
Mi amigo estudiaba desde hacía años a un personaje tan misterioso como seductor: la última mujer condenada por brujería. En las enciclopedias se la nombraba Mía Trapañe; una sirvienta de la corte acusada de traición y quemada en la hoguera.
Los historiadores le habían dedicado no pocas páginas de estudios y libros porque era su nombre el que la Casa Real enarbolaba al hablar de traición: la peor de todas era Trapañe. Mi compañero se había encargado de mantener la tradición con un amplio análisis, considerado por la corte actual como el más acertado y mejor.
Ahora traía un documento que más de uno quería tener, un rumor confirmado: la existencia de una carta de Mia, quizás su versión de los hechos, tal vez algo personal y sin importancia.
Leyó en voz alta para mí:
“Mis padres me llamaron María Ivonne Amalia Trappaine, en un intento por resguardar el lejanísimo legado noble de mi abuelo. Algunos de mis compañeros me llamaron Mia….”
Con esto salvó el primer error de los siglos: su nombre. Más adelante el rostro del lector se entornó en una mueca de enojo…leyó para mí lo que ella decía de los reyes:
“…¿Cuánto podrían prolongar nuestro castigo mis dueños?¿Cuántas muertes por el león de un escudo?...”
Asesinatos, intrigas, una verdad que me parecía razonable; una versión que tiraba por la borda el buen nombre de mi amigo, su trabajo y sus mecenas. Esta muchacha afirmaba ser la verdadera madre del primer hijo de los reyes:
“…En el palacio, la reina llevaría un vientre falso. En el campo, yo llevaría un vientre vivo para ella. Debía volver cuando el niño cumpliera dos meses…”
El lector me miró de reojo y dejó la pinza con descuido en un borde del atril. Ahora no era mi amigo el mismo que llegó, era un hombre preocupado que sin hablar me pedía silencio…Me acerqué al papel y leí la carta completa. Yo no tenía dudas de que fuera verdad lo que contaba, una línea histórica sostenía que tal saña de la familia real contra un solo personaje debía esconder una mentira…y era cierto. Era un instrumento útil por su discreción, y tal fue el silencio que nadie figuró la conjura que planeaba:
“…Llamaron a la más callada para la misión más discreta. Acepté sin despertar a mi voluntad; ella, que me oyó en silencio, comenzó a trazar el plan. Caerían para el pueblo los tiranos y asesinos, porque yo iba a dárselos…”
Mi amigo paseó alrededor del atril, mirando alternadamente al papel y a mí.
_No creo que sea un testimonio verdadero. Afirma ser una mujer educada en todo arte para servir como cortesana, pero los errores de su escritura no son los que corresponden al estado de la lengua en su época…
_Aún si no lo fuera_ lo interrumpí mientras adivinaba su intención_ es un documento histórico, merece que lo estudien… la historia que cuenta concuerda con los estudios de Francois Mouteau y según él…
_ ¡Mouteau es un borracho!_ golpeó el atril sin preocuparse ya por la salud del documento.
Me empujó y arrancó la carta del paño en que reposaba.
_Esto no va a acabar con siglos de estudio, con años de mi dedicación, ni con el nombre de nuestra Casa Real…al fin nadie sabe que lo tenemos o que realmente existe…yo confío en tu silencio… ¿hago bien?_ Agitaba el papel arrugado en su puño y me dirigía una mirada que no reconocí.
_ Sí… haces bien_
La sonrisa que siguió sí la conocía. Se acercó al hogar y tiró la cara al fuego. Alcancé a ver una frase antes que se quemara:
“…Confío en que éstas, mis palabras, sirvan para explicar la verdad…”
Mi amigo me miró, prefirió mirar al suelo y se fue. El portazo que dio hizo vibrar el suelo y tiró la pinza del atril, todo un símbolo de su caída como historiador, y como hombre…o una triste coincidencia.
¿Y yo? ¿En qué momento me convertí un poco en Mia? Cuando callé por no perder a un amigo.
No pienso firmar esta carta ni nombrar a aquel que quemó la verdad. Tal vez en unos años se encuentre ésta y se sepa la verdad que mi memoria permitió guardar en parte.
Golpeó la puerta. Abrí y estaba frente a mí sosteniendo el cofre como una ofrenda. Me dirigió un saludo breve mientras entraba al estudio. Colocó el cofre sobre el atril y me pidió que cerrara las puertas.
Lo abrió con solemnidad, extrajo el sobre con una de las pinzas. Era un papel amarillo, las puntas estaban casi quemadas por los años; un trozo de la solapa del sobre se desarmó en el aire.
_¿Esta es la carta?_ su sonrisa me dijo que sí.
Mi amigo estudiaba desde hacía años a un personaje tan misterioso como seductor: la última mujer condenada por brujería. En las enciclopedias se la nombraba Mía Trapañe; una sirvienta de la corte acusada de traición y quemada en la hoguera.
Los historiadores le habían dedicado no pocas páginas de estudios y libros porque era su nombre el que la Casa Real enarbolaba al hablar de traición: la peor de todas era Trapañe. Mi compañero se había encargado de mantener la tradición con un amplio análisis, considerado por la corte actual como el más acertado y mejor.
Ahora traía un documento que más de uno quería tener, un rumor confirmado: la existencia de una carta de Mia, quizás su versión de los hechos, tal vez algo personal y sin importancia.
Leyó en voz alta para mí:
“Mis padres me llamaron María Ivonne Amalia Trappaine, en un intento por resguardar el lejanísimo legado noble de mi abuelo. Algunos de mis compañeros me llamaron Mia….”
Con esto salvó el primer error de los siglos: su nombre. Más adelante el rostro del lector se entornó en una mueca de enojo…leyó para mí lo que ella decía de los reyes:
“…¿Cuánto podrían prolongar nuestro castigo mis dueños?¿Cuántas muertes por el león de un escudo?...”
Asesinatos, intrigas, una verdad que me parecía razonable; una versión que tiraba por la borda el buen nombre de mi amigo, su trabajo y sus mecenas. Esta muchacha afirmaba ser la verdadera madre del primer hijo de los reyes:
“…En el palacio, la reina llevaría un vientre falso. En el campo, yo llevaría un vientre vivo para ella. Debía volver cuando el niño cumpliera dos meses…”
El lector me miró de reojo y dejó la pinza con descuido en un borde del atril. Ahora no era mi amigo el mismo que llegó, era un hombre preocupado que sin hablar me pedía silencio…Me acerqué al papel y leí la carta completa. Yo no tenía dudas de que fuera verdad lo que contaba, una línea histórica sostenía que tal saña de la familia real contra un solo personaje debía esconder una mentira…y era cierto. Era un instrumento útil por su discreción, y tal fue el silencio que nadie figuró la conjura que planeaba:
“…Llamaron a la más callada para la misión más discreta. Acepté sin despertar a mi voluntad; ella, que me oyó en silencio, comenzó a trazar el plan. Caerían para el pueblo los tiranos y asesinos, porque yo iba a dárselos…”
Mi amigo paseó alrededor del atril, mirando alternadamente al papel y a mí.
_No creo que sea un testimonio verdadero. Afirma ser una mujer educada en todo arte para servir como cortesana, pero los errores de su escritura no son los que corresponden al estado de la lengua en su época…
_Aún si no lo fuera_ lo interrumpí mientras adivinaba su intención_ es un documento histórico, merece que lo estudien… la historia que cuenta concuerda con los estudios de Francois Mouteau y según él…
_ ¡Mouteau es un borracho!_ golpeó el atril sin preocuparse ya por la salud del documento.
Me empujó y arrancó la carta del paño en que reposaba.
_Esto no va a acabar con siglos de estudio, con años de mi dedicación, ni con el nombre de nuestra Casa Real…al fin nadie sabe que lo tenemos o que realmente existe…yo confío en tu silencio… ¿hago bien?_ Agitaba el papel arrugado en su puño y me dirigía una mirada que no reconocí.
_ Sí… haces bien_
La sonrisa que siguió sí la conocía. Se acercó al hogar y tiró la cara al fuego. Alcancé a ver una frase antes que se quemara:
“…Confío en que éstas, mis palabras, sirvan para explicar la verdad…”
Mi amigo me miró, prefirió mirar al suelo y se fue. El portazo que dio hizo vibrar el suelo y tiró la pinza del atril, todo un símbolo de su caída como historiador, y como hombre…o una triste coincidencia.
¿Y yo? ¿En qué momento me convertí un poco en Mia? Cuando callé por no perder a un amigo.
No pienso firmar esta carta ni nombrar a aquel que quemó la verdad. Tal vez en unos años se encuentre ésta y se sepa la verdad que mi memoria permitió guardar en parte.

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