
_Dicen que está maldito_. Giré el rostro para ver al locutor, pero en ese infierno de rostros era imposible reconocer la dirección del sonido.
_Yo escuché que hizo un pacto con el diablo: Una voz distinta, nuevamente perdí al hablante.
Era la primera vez que lo veía, un poco guiado por la cantidad de gente que se dirigía hacia la plaza, otro poco para comprobar los rumores del maldito.
Entre los peinados de un par de vecinas pude verlo, el rostro medio cubierto por el ala del sombrero, el poncho en los hombros, los pies desnudos como el torso. Creo que no nos veía, tal vez no quería vernos.
Una letanía grave cegó mis ojos del resto del mundo, y el poseso comenzó a moverse.
No sé en qué momento comenzó a flotar, se deslizaba por el aire, casi volando; ahí, en el aire, su poncho saltó de los hombros y se convirtió en mujer.
De algún lugar de la plaza llegó un trino de cuerdas que no calló a la letanía. Ambas eran una melodía seductora, no bautizada por los santos y aplaudida por quién sabe qué demonios.
El hombre movía frenético su cuerpo sin soltar el abrazo de su poncho; esa mujer lo envolvía cual serpiente tejida, en el aroma de un amor no santo.
Un instante quise huir, avergonzado quizás, asustado seguramente por la escena que veía, pero sus ojos me miraron un segundo y la maldición que lo apresaba en esa convulsión me compadeció hasta la quietud.
Comprendí entonces que sufría. Su cuerpo ahí, movido así, no era suyo. Lo estaban usando, y el mismo que lo invadía obligaba a los espectadores de la tortura a aplaudir la humillación.
El hombre supo que yo lo entendía, y ensayó ponerse de rodillas para pedirme ayuda, lo logró un momento antes de estallar en un salto; la gente, sin ver su dolor, estalló en un aplauso aún mayor.
Quise detener la tortura y alcé mis brazos para acompañar un grito. Algo de todas partes y de ningún lado aferró mis manos y me obligó a unirlas con un chasquido…un aplauso.
Grité con toda mi voz que ese hombre sufría, que detuvieran su dolor, pero de mí salieron vítores para la escena.
Mientras yo me sumaba al aplauso general, el hombre se retorcía en contorsiones y muecas que comenzaban a parecerme de disfrute.
Regresé a casa con el alma satisfecha y las palmas enrojecidas.
Él regresó a su hogar con el poncho siendo poncho y, maldito o no, volvió a ganar el concurso de baile.
_Yo escuché que hizo un pacto con el diablo: Una voz distinta, nuevamente perdí al hablante.
Era la primera vez que lo veía, un poco guiado por la cantidad de gente que se dirigía hacia la plaza, otro poco para comprobar los rumores del maldito.
Entre los peinados de un par de vecinas pude verlo, el rostro medio cubierto por el ala del sombrero, el poncho en los hombros, los pies desnudos como el torso. Creo que no nos veía, tal vez no quería vernos.
Una letanía grave cegó mis ojos del resto del mundo, y el poseso comenzó a moverse.
No sé en qué momento comenzó a flotar, se deslizaba por el aire, casi volando; ahí, en el aire, su poncho saltó de los hombros y se convirtió en mujer.
De algún lugar de la plaza llegó un trino de cuerdas que no calló a la letanía. Ambas eran una melodía seductora, no bautizada por los santos y aplaudida por quién sabe qué demonios.
El hombre movía frenético su cuerpo sin soltar el abrazo de su poncho; esa mujer lo envolvía cual serpiente tejida, en el aroma de un amor no santo.
Un instante quise huir, avergonzado quizás, asustado seguramente por la escena que veía, pero sus ojos me miraron un segundo y la maldición que lo apresaba en esa convulsión me compadeció hasta la quietud.
Comprendí entonces que sufría. Su cuerpo ahí, movido así, no era suyo. Lo estaban usando, y el mismo que lo invadía obligaba a los espectadores de la tortura a aplaudir la humillación.
El hombre supo que yo lo entendía, y ensayó ponerse de rodillas para pedirme ayuda, lo logró un momento antes de estallar en un salto; la gente, sin ver su dolor, estalló en un aplauso aún mayor.
Quise detener la tortura y alcé mis brazos para acompañar un grito. Algo de todas partes y de ningún lado aferró mis manos y me obligó a unirlas con un chasquido…un aplauso.
Grité con toda mi voz que ese hombre sufría, que detuvieran su dolor, pero de mí salieron vítores para la escena.
Mientras yo me sumaba al aplauso general, el hombre se retorcía en contorsiones y muecas que comenzaban a parecerme de disfrute.
Regresé a casa con el alma satisfecha y las palmas enrojecidas.
Él regresó a su hogar con el poncho siendo poncho y, maldito o no, volvió a ganar el concurso de baile.
Ilustración: http://jarillero.blogspot.com

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