Yo me preparo para cargar una vez más mientras la reina duerme su último parto. Hoy nacieron más peones para la colonia. Mis hermanos comienzan a cargar hoy.Las reinas anteriores, como ésta, nos dieron la vida para sacar ventaja de nuestro sacrificio. Cada una ha vivido gracias al trabajo de sus peones; hijos y esclavos al servicio de una madre sin rostro.
Nos movemos dentro y fuera del hormiguero en una danza que comienza ágil en la juventud y se vuelve hipnótica, febril, rutinaria al crecer nuestros cuerpos.
Hambrienta del sudor de sus vástagos, la reina pide trabajo. Sofocados cargamos día a día nuestro alimento y, en el sudor de la carga… el suyo.
Pero todo se justifica por la colonia. Hermanos de distintas madres alimentamos a la monarca de turno y cuidamos del vecino como de la propia carne. La colonia es la meta del sacrificio, el bien común.
Hoy cargo alimento a la morada, la reina pide el sudor de mi frente y yo cargo sin creer que mi trabajo alimente un amor despótico pero materno al fin.
Cargo su comida…mis tribulaciones…mis miedos…mis sueños truncos en pos de la colonia…mis planes futuros viéndome libre de ella…
Entro en mi auto, lo enciendo y apenas salgo a la calle suena el teléfono. Mi jefe pide reunión una vez más. Es mi turno recibir a los nuevos empleados.
Entro en la autopista como en una danza que ya es hipnótica para mí. El camino lleva a otras hormigas, en otros autos, a otros hormigueros. Todos cargamos para una madre distinta. Todos los días salgo…y todos entro a la empresa en que trabajo, como a un hormiguero…
La empresa me consume…es mi reina… un empleado más de una multinacional…un número…un hijo huérfano con una madre sin rostro. Un peón nacido en la colonia de sus edificios para alimentar a quién sabe quién con mi sudor. Quiero mi propia colonia…pero sólo me enseñaron a cargar.
Ilustración: http://jarillero.blogspot.com/

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