Laureles


Mi nombre pudo ser Oneirocles, y pude ser hijo de un agricultor. Mi infancia pudo ocurrir entre olivares y el sueño de la ambrosía que me era prohibida por no ser un dios. Pude haber visto de lejos, muy de lejos, al maestro Aristóteles enseñando a los jóvenes; y pude aprender algo de él.
Pude jugar a ser Hércules. Pude soñar que la tragedia de Agamenón no era la mía, que no era digno de ser traicionado, o de ser rey.
Pude ejercitar mi cuerpo y ser atleta. Carreras, pugilismo y disco pudieron ser mis títulos en las olimpíadas. Un poeta pudo dedicar sus odas a mis triunfos.
Pude enamorarme de una bella, y ella pudo corresponder mi amor. Pude abandonar mis laureles porque a ella le impedían amar a un atleta. Pude amarla y ser el padre de sus hijos. Pude morir entre los olivares que me vieron nacer y ser en cenizas el dios de una familia; pude ser el abono de una civilización eternamente brillante.
Sin embargo, nací de un álamo seco, en una fábrica al sur de la ciudad, y nunca llegué a tener más de dos capas de barniz mate… ese fue mi destino…ser un maniquí.

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