Yo, el hijo del fantasma (mención especial en "Cultura Positiva" 2007, Argentina)

Cómo podía escapar si no tenía piernas. Cómo gritar que estaba cerca si nadie podía escuchar. A quién pedirle ayuda ahí adentro, en el vientre de mi madre.
Veinte años de ser un fantasma no me convierten en héroe, porque nunca he peleado por serlo. Mi cuerpo no es el de un héroe, es un préstamo que tomó el fantasma. Débil y enjuto por las drogas, el cabello opaco y más negro que nunca, la piel cetrina por el virus.
El fantasma vive en mí; y no es color rosa como dice la canción que alborotaba a las vecinas de mi abuela. Me pregunto qué piensan de mí. Qué piensan de mí, que nací con esto en la sangre y no tuve tiempo de ser “raro”, como ellas dicen. Qué pensarán de mi madre, la enfermera. La mujer que en la calle, en una emergencia decidió por otra vida no usar guantes; y me regaló esto en mi sangre además de la vida.
Yo de ellas no pienso, intento no pensar.
En la tele un programa ha mostrado a otros como yo, que nacieron así. “Los hijos del SIDA” nos dicen. Yo no quisiera ser eso, pero no he tenido otro padre que el fantasma. Al mío de verdad se lo llevó hace tiempo; lo tenía en la sangre porque mi mamá se lo regaló como a mí, sin saber que lo llevaba. Fuimos de los primeros me parece, cuando lo sabido del fantasma era tabú por el terror. Se lo nombraba poco, no fuera que al escuchar su nombre viniese. Se lo nombraba tan poco por desgracia...
Se lo nombró poco durante mucho tiempo y ése fue el primer error, porque nadie pudo conocer su materia antes de tenerlo ya en la sangre, y ahí era tarde.
Y hoy, que se lo nombra mucho; no es mucho lo que ha cambiado. El miedo que se le tenía ha trocado por indiferencia. Esa desgracia del sentir le abre paso en las venas de los hombres descuidados, y él los mata. Y esa misma desgracia en el corazón de otros, mata en vida a los que llevan el fantasma. ¿Qué cambió entonces, si no existe vacuna para evitar al fantasma o la indiferencia?.
¿Cuántas veces escuché a los enfermos como yo decir que el mundo los había matado antes que el SIDA? ¿Cuántas veces escuché de un “sano” las famosas leyendas urbanas de los contagiados por accidente? ¿Soy yo acaso una leyenda? ¿Lo fue mi madre?.
Hoy no he tenido tiempo más que para pensar en el fantasma, me sobran las horas para conversar con él. Le pregunté si podíamos salir a ver gente en las calles, para despejarme. Como me permitió poner los pies en el piso asumí que aceptaba.
Las calles. Murmullo y ruido se hacen carne en las calles y en la gente, y ellos no ven al fantasma. Yo lo veo. Ahí está él, con una mujer que alquila por horas su cuerpo y no lo cuida; con un adicto que lo dejó entrar en la jeringa; conmigo, que nací con él. Las calles llevan anuncios con su nombre y pautas de prevención. La gente no los mira, o los mira y piensa “eso ya lo sabía, yo sé cuidarme”.
También veo a dos señoras que caminan alarmadas detrás de una pareja homosexual. Ellos van tomados de la mano; una de ellas dice “éstos son los que trajeron el SIDA”. Tal vez por la sorpresa no me sale un insulto para ellas sino una sonrisa, yo pensé que las únicas eran las vecinas de mi abuela. Ellos pasan por mi lado, pero cada uno mira al otro. Las señoras pasan, y no ven mi sonrisa, o no me ven a mí.
¡Hay tanto en las calles que le sirve de puerta al fantasma!. Hay soberbia, ignorancia, indiferencia, indignación, descuido, los hay también analfabetos del SIDA.
El fantasma se aleja de mí sin avisarme, y lo persigo hasta un hospital. Camina seguro por los pasillos, sube escaleras y yo corriendo tras él no me siento cansado. La sala de sus enfermos va a desocupar una cama.
Nadie nos detiene el paso, las enfermeras corren y un par de médicos luchan sobre la cama del enfermo. ¿Llegaré algún día a eso? ¿Lucharán por mí tanto como por él? ¿Sabría el dueño del cuerpo quién era el fantasma cuando lo conoció?.
Trato de ver su rostro. Deseo para mí, no irme antes que al menos alguien conozca el verdadero rostro del fantasma. Deseo que al menos una persona lo mire sin indiferencia, para asustarlo. Deseo poder salir a la calle y encontrar ayuda para asustarlo; para que la indiferencia no sea su puerta ni en la sangre ni en los corazones. Deseo que el fantasma tenga un cuerpo que no sea prestado, para que todos lo vean y puedan perseguirlo.
Intento ver detrás de la cortina, las enfermeras no me detienen. Los médicos deciden dejar que el cuerpo descanse, ya es hora. Me acerco a la cama y ahí está: el cuerpo alto y enjuto, el pelo negro y opaco, la piel cetrina y ya sin vida. Mi cuerpo, que ya no sirve si ahora soy fantasma.

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