Mis padres me llamaron María Ivonne Amalia Trappaine, en un intento por resguardar el lejanísimo legado noble de mi abuelo. Algunos de mis compañeros me llamaron Mia. Para mis dueños era la muchacha de Straing Abby.
Me educaron para servir con lealtad a la corona y a mi país. Me enseñaron arte, idiomas, desempeño doméstico, y por supuesto, el silencio.
Cuando llegué a la corte llevaba mis manos hábiles, mi doncellez intacta y la boca cerrada para siempre.
Bautismo de fuego para mi silencio fue una discusión en los comedores. El rey y el que luego supe era el Duque de Avon –Ramais, no aceptaron la tregua que Monsieur Ravelaus les ofrecía en Fleurville; un cambio de prisioneros. Dos días después, nuestra cocinera se desmayó frente a un papel en la iglesia; entre ochenta nombres de prisioneros muertos estaba el de su hijo.
Tampoco oí, aunque estaba en la habitación, el plan para dejar muerto en el camino a un embajador que pretendía enseñar las ventajas de tener un Parlamento. La historia dirá que fue la mordedura venenosa de alguna serpiente; si el puñal del sobrino de Avon –Ramais muerde, no voy a contradecirla.
Dos más y yo limpiamos la cocina luego de la cena que se llevó a la madre de la reina. Su majestad pidió la especie correcta de hierbas a la que su progenitora era alérgica, yo la recogí de la huerta.
¿Cuánto podrían prolongar nuestro castigo mis dueños?¿Cuántas muertes por el león de un escudo?
Cuado los generales extranjeros supieron que mis reyes no podían tener hijos, se oyó un rumor y un nombre. El rumor en el pueblo: caerían los tiranos y asesinos. El nombre en el palacio: la muchacha de Straing Abby.
Llamaron a la más callada para la misión más discreta. Acepté sin despertar a mi voluntad; ella, que me oyó en silencio, comenzó a trazar el plan. Caerían para el pueblo los tiranos y asesinos, porque yo iba a dárselos.
Emprendí el viaje de un año que me encomendaron. En el palacio, la reina llevaría un vientre falso. En el campo, yo llevaría un vientre vivo para ella. Debía volver cuando el niño cumpliera dos meses.
El padre del futuro príncipe iba a esperarme allí, y se marcharía ni bien confirmada la noticia. Era el hijo de un campesino al que premiarían con la exención de la prima nocte el día de su boda.
Al plan oficial de traer un niño noble de sangre plebeya, yo añadí el de hacer breve su estadía en este mundo.
Durante nueve meses le expliqué al vientre que las hierbas que plantaba y bebía en infusiones le permitirían conocer el mundo algunos meses, los suficientes para evitar sospechas y permitirme escapar. Sin heredero no habría corona; sin otra boca callada, imposible repetir la mentira. Más tarde, Parlamento y pueblo.
Nació, lo cuidé tratando de no encariñarme; me hice a la idea de que al enviarlo de regreso lo estaría salvando de volverse como ellos.
Llegamos al palacio. Esa misma noche, la reina dio a luz a un prematuro con la apariencia de un niño de dos meses, que ya se acostumbraba a la idea de una vida corta. –Un prodigio- dijeron a las masas los médicos reales, luego de atender el nacimiento de una almohada.
Una semana después, algunas horas antes de mi fuga, un par de soldados me apresaron en el dormitorio.
El heredero había muerto, y los médicos habían visto mi mano en el color de su sangre.
Me acusaron y encerraron en las mazmorras. El delito: brujería y traición; la condena: fuego en la plaza dos días después.
Sólo la cocinera se acercó a saludarme, y accedió a traerme papel y tinta para escribir esta carta, que ella guardará para el futuro.
Vi a mi hijo dos días antes de su muerte, le dí una última dosis y le pedí perdón. Por sus ojos supe que me agradecía y perdonaba.
Por un momento la sombra de la duda sembró en mi cabeza…el primer y último acto de tiranía de ese príncipe que nació de mí… ¿Venderme antes de tiempo?¿Puede ser que el niño se volviera como ellos en una semana?
En cierta forma prefiero este final. ¿A dónde habría escapado con el fantasma de un hijo que para nadie era mío?. Mañana al mediodía antes de arder, pediré perdón al pueblo por no darle a los tiranos.
Probablemente mis dueños intenten dibujar la historia, hacerme cruel frente al futuro.
Confío en que éstas, mis palabras, sirvan para explicar la verdad.
Si el mundo crece con justicia, el tiempo y la historia dirán que fui un faro extinguido antes de tiempo, que mi luz alumbró un capítulo oscuro y fue el ejemplo que llevó a mi pueblo hacia la libertad.
Me educaron para servir con lealtad a la corona y a mi país. Me enseñaron arte, idiomas, desempeño doméstico, y por supuesto, el silencio.
Cuando llegué a la corte llevaba mis manos hábiles, mi doncellez intacta y la boca cerrada para siempre.
Bautismo de fuego para mi silencio fue una discusión en los comedores. El rey y el que luego supe era el Duque de Avon –Ramais, no aceptaron la tregua que Monsieur Ravelaus les ofrecía en Fleurville; un cambio de prisioneros. Dos días después, nuestra cocinera se desmayó frente a un papel en la iglesia; entre ochenta nombres de prisioneros muertos estaba el de su hijo.
Tampoco oí, aunque estaba en la habitación, el plan para dejar muerto en el camino a un embajador que pretendía enseñar las ventajas de tener un Parlamento. La historia dirá que fue la mordedura venenosa de alguna serpiente; si el puñal del sobrino de Avon –Ramais muerde, no voy a contradecirla.
Dos más y yo limpiamos la cocina luego de la cena que se llevó a la madre de la reina. Su majestad pidió la especie correcta de hierbas a la que su progenitora era alérgica, yo la recogí de la huerta.
¿Cuánto podrían prolongar nuestro castigo mis dueños?¿Cuántas muertes por el león de un escudo?
Cuado los generales extranjeros supieron que mis reyes no podían tener hijos, se oyó un rumor y un nombre. El rumor en el pueblo: caerían los tiranos y asesinos. El nombre en el palacio: la muchacha de Straing Abby.
Llamaron a la más callada para la misión más discreta. Acepté sin despertar a mi voluntad; ella, que me oyó en silencio, comenzó a trazar el plan. Caerían para el pueblo los tiranos y asesinos, porque yo iba a dárselos.
Emprendí el viaje de un año que me encomendaron. En el palacio, la reina llevaría un vientre falso. En el campo, yo llevaría un vientre vivo para ella. Debía volver cuando el niño cumpliera dos meses.
El padre del futuro príncipe iba a esperarme allí, y se marcharía ni bien confirmada la noticia. Era el hijo de un campesino al que premiarían con la exención de la prima nocte el día de su boda.
Al plan oficial de traer un niño noble de sangre plebeya, yo añadí el de hacer breve su estadía en este mundo.
Durante nueve meses le expliqué al vientre que las hierbas que plantaba y bebía en infusiones le permitirían conocer el mundo algunos meses, los suficientes para evitar sospechas y permitirme escapar. Sin heredero no habría corona; sin otra boca callada, imposible repetir la mentira. Más tarde, Parlamento y pueblo.
Nació, lo cuidé tratando de no encariñarme; me hice a la idea de que al enviarlo de regreso lo estaría salvando de volverse como ellos.
Llegamos al palacio. Esa misma noche, la reina dio a luz a un prematuro con la apariencia de un niño de dos meses, que ya se acostumbraba a la idea de una vida corta. –Un prodigio- dijeron a las masas los médicos reales, luego de atender el nacimiento de una almohada.
Una semana después, algunas horas antes de mi fuga, un par de soldados me apresaron en el dormitorio.
El heredero había muerto, y los médicos habían visto mi mano en el color de su sangre.
Me acusaron y encerraron en las mazmorras. El delito: brujería y traición; la condena: fuego en la plaza dos días después.
Sólo la cocinera se acercó a saludarme, y accedió a traerme papel y tinta para escribir esta carta, que ella guardará para el futuro.
Vi a mi hijo dos días antes de su muerte, le dí una última dosis y le pedí perdón. Por sus ojos supe que me agradecía y perdonaba.
Por un momento la sombra de la duda sembró en mi cabeza…el primer y último acto de tiranía de ese príncipe que nació de mí… ¿Venderme antes de tiempo?¿Puede ser que el niño se volviera como ellos en una semana?
En cierta forma prefiero este final. ¿A dónde habría escapado con el fantasma de un hijo que para nadie era mío?. Mañana al mediodía antes de arder, pediré perdón al pueblo por no darle a los tiranos.
Probablemente mis dueños intenten dibujar la historia, hacerme cruel frente al futuro.
Confío en que éstas, mis palabras, sirvan para explicar la verdad.
Si el mundo crece con justicia, el tiempo y la historia dirán que fui un faro extinguido antes de tiempo, que mi luz alumbró un capítulo oscuro y fue el ejemplo que llevó a mi pueblo hacia la libertad.

0 comentarios:
Publicar un comentario