El buzo

El Triángulo de las Bermudas es el misterio que más deseos de desentrañar ha despertado en los estudiosos de los fenómenos físicos. Es un interrogante compartido por científicos, militares y aficionados a los enigmas que originan soluciones extravagantes.
Uno de estos últimos era un millonario que gustaba de practicar deportes arriesgados, y cobrar por verlo realizar las pruebas más extrañas en los lugares menos pensados por el hombre común.
Su más reciente idea fue la exploración del Triángulo de las Bermudas. Años de lectura sobre esa zona del Atlántico, horas frente a la pantalla viendo películas que desarrollaban las más extrañas teorías, tenían su fruto en la idea del millonario.
Básicamente, el hombre pretendía acumular puntos a su ego, despertar el asombro de sus admiradores, y provocar las delicias del bolsillo que manejaba su contador.
La organización de la hazaña incluyó la venta de pasajes en un par de cruceros que se instalarían a algunos kilómetros del área, para que otros millonarios pudieran ver al hombre nadar solo hacia lo desconocido. Los medios de comunicación de todo el mundo debieron solicitar acreditación para acceder a los barcos y helicópteros de prensa, que se instalaron a la misma saludable distancia que los cruceros. Se limitó el uso del espacio aéreo y de satélites que en tal caso facilitaran la cobertura del evento sin pagar. Durante algunas horas, el mundo observaría a este hombre en las aguas temidas, por lo que también aumentaron las tarifas de publicidad televisiva y de internet.
Llegó el día. El hombre despertó en su barco, tomó un desayuno liviano y se colocó el traje de nado. Su contador le dio las últimas buenas noticias sobre las ganancias de su hazaña.
Lo sacaron del camarote y lo ayudaron a ubicarse en la baranda desde la cual se sumergiría. Uno de sus ayudantes colocó la cámara de video sobre su cabeza, esas imágenes serían las únicas que el mundo tendría sobre los fenómenos del interior de la zona cero. Lo ataron con el cable de seguridad y encendieron los comunicadores de vibración, lo único que lo conectaría con su gente. Si sentía que estaba en peligro sólo debía apretar el botón que reproducía una vibración en el cable de seguridad, y sus colaboradores podrían sacarlo a salvo del lugar. Se sentó en la baranda y se dejó caer hacia atrás.
Nadó aproximadamente media hora, por fortuna estaba bien entrenado. Nada en el agua lo hacía pensar que sucediera algo extraño, los animales y vegetales se veían como en todas las aguas.
Comenzó a sentir una ligera molestia en la cabeza, creyó que se había sumergido demasiado y subió un poco, sin salir del agua. A lo lejos divisó una zona más iluminada, había tonos rojizos, probablemente por acción del sol sobre el mar. Continuó nadando, se acercaba a la luz. Aumentó el dolor de cabeza, el buzo aumentó la ración de oxígeno. Se acercaba a la luz y sentía que la zona comenzaba a atraerlo, tal vez estaba cerca de la corriente del Triángulo.
Definitivamente estaba allí, no hizo falta continuar nadando, el agua comenzó a llevarlo a la luz, cada vez con mayor rapidez. El buzo no sintió miedo hasta que descubrió la naturaleza del centro de la luz, un remolino oscuro, bastante diminuto al principio; fue creciendo cuanto más se acercaba.
El buzo quiso salir de la corriente, pues el remolino no parecía el portal a ninguna dimensión, sino más bien un agujero negro y bastante peligroso. El agua lo arrastró sin más y por la presión en su cabeza creyó que moriría. Asumió la posición de choque, las rodillas pegadas al pecho; pero la corriente lo obligó a permanecer erguido. Su cabeza iba a ser aplastada por ese estrecho de luz. Cerró los ojos y quiso apretar el botón, pero había desaparecido. Apretaba su muñeca con insistencia pero el botón no estaba allí. La corriente se hizo más fuerte y lo obligó a sostener los brazos al costado del cuerpo, Los peces desaparecieron y las algas se esfumaron de su vista. ¡Era realmente el Triángulo! Si sus ayudantes interpretaban su tardanza como peligrosa y lo sacaban de allí, tendría las únicas imágenes, que estaba captando su cámara mientras la luz y el remolino lo arrastraban a otra dimensión. Su cabeza se encontró con una resistencia, pero la corriente lo hizo empujarla. Mantuvo los ojos cerrados…
Su visión estaba borrosa, gente vestida de blanco, algunos de verde. Había risas. ¿Dónde estaba? ¿Era la otra dimensión? ¿Lo habían sacado a tiempo y era su barco, a salvo como en el comienzo del día? Aplausos, ¿Era la prensa? ¿Eran sus admiradores? ¿Eran los habitantes de otra dimensión? _ Es un varón.
¿Qué?_ sí, soy un hombre. ¿Qué…dónde estoy?
Una mujer se acercó con unas tijeras y el hombre intentó detenerla, ella cortó su cable de seguridad.
¡La cámara! Debía registrar esas imágenes. La buscó en su cabeza pero no estaba. Estaba herido, sentía el olor de su sangre.
_A ver, vamos a presentarlos…
_ ¿A quién debo conocer? ¿Por qué nadie me responde?
La mujer que cortara su cable lo llevó boca arriba hasta un calor agradable, cuando el buzo se dio vuelta vio a la mujer más hermosa…
Al día siguiente, los diarios de la ciudad titularon la desaparición del millonario en el Triángulo de las Bermudas, ante la vista de cientos de personas, en medio de un remolino. No se descartó hallar su cuerpo hacia el Este, dada la corriente de esos días.
El mismo diario, en la sección de mensajes sociales, publicó el saludo de un matrimonio a su hija, por haberles regalado su primer nieto varón.

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