Como todos, lamentaba sus desgracias sin pensar que otras, ajenas, podían ser peores. Era pastor, tenía el rebaño más grande y la zona más fértil de la isla. Era hijo de un dios. Pero nada le importaba desde que ella se fue.-¡Se fue con un mortal!, ni mis promesas, ni el amor que juré para siempre, ni mis riquezas…un mortal… ¿Qué puede ofrecerle quien puede morir mañana y dejarla sola?
-No te aflijas hijo, recuerda lo especial que eres para mí, mis ojos en este lado del mundo…
-Literalmente tus ojos…me privaste de la vista y pusiste en su lugar este único faro, para saber quién visita tus tierras anegadas. A ella nunca le gustó que resignara mirarla por ser tus ojos, en parte fue tu culpa que se fuera…
-Hijo, es una ninfa, hija de un simple río…tu padre es el rey de los mares. No podías esperar mucho más de quien corre en los campos enamorando pastores mortales. Eres el faro de los dioses en este extremo del ancho mundo; mis manos en la tierra que dejo sin agua…
El cíclope oía la voz de su padre y veía el negro de la nada, porque su ojo enorme y solo era la extensión de los ojos de su padre. Él podía hallar las cosas, pero no podía verlas, las imaginaba, pero nunca sabría si eran como deseaba.
Tan triste estaba que no oyó atracar las naves en el puerto de su isla, o no quiso oírlas.
En la noche regresó a su cueva y el aroma delató comida que no era suya. Cerró la entrada con una gran piedra y caminó desalentado hasta la roca que le servía de lecho, la manta aún olía como Galatea. Como un cachorro se sentó en el piso y se deslizó debajo de la manta. Sabía que muy cerca estaban los extraños.
Un suspiro lento y lastimoso inició su lamento, con la cabeza cubierta por la tela.
¿Cómo castigarlos? Ella y mi padre no merecen mi perdón. Ella por dejarme, él por privarme de la vista sin consultar si me era útil. Ambos me usaron, a ninguno quisiera ver feliz. ¡Que muera su pastor mortal!, ¡Que se oscurezcan los ojos de él en este extremo del mundo!
Una tras otra se repitieron sus quejas. Las palabras se amontonaron hasta convertirse en llanto.
El hombre de muchos senderos, que lo oía bajo el duro lecho, miró a sus compañeros. Les señaló una estaca de olivo al otro lado de la habitación, y salió del escondite.
-No llores amigo, permíteme agradecer la hospitalidad de tu hogar, que nos sirvió en tu ausencia…
El gigante irguió la mole de su cuerpo, la manta cayó sobre sus hombros.
-Preséntate, extraño, y yo decidiré si mi hogar puede serte hospitalario. No te daré el gusto de reír mis penas sin saber quién eres y qué buscas…
- Por supuesto mi señor, no pretendo incomodar tu casa… mi nombre es Odiseo, pero si me llamas Nadie podría ayudarte…
Ilustración: http://jarillero.blogspot.com/

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