Las Cavernas


Vivían en un lugar oscuro, algo húmedo por las noches, con alguna penumbra en las mañanas, y que siempre repetía sus voces.
Ninguno podía asegurar desde cuándo, pero las historias que conocían por sus abuelos y éstos por los suyos a su vez, eran, sólo por su procedencia, una marca del tiempo que llevaban allí.
Uno de esos relatos intentaba reproducir el primer momento. Según decían, una mano gigante habría puesto en las cavernas a dos parejas. No podían afirmarse las razones, pero las cavernas era todo lo que conocían, y estaba bien para ellos. Una variante incluía a dos niños, que en determinado momento escaparon del hogar y poblaron el exterior. Al exterior los de adentro no salían, no estaban seguros de que existiera.
Alguna ocasión fue contada la historia del hombre que vio un rayo de sol, porque antes habían inventado al sol, una esfera de fuego que, de existir, quemaba el exterior y a sus habitantes; como castigo a su escape de las cavernas.
Las mañanas y noches se reconocían por el letargo o actividad que manifestaban los cuerpos, pero las mañanas tenían además una penumbra. Ese era el origen del hombre que vio el sol. Una mañana, sigiloso, el curioso se acercó a la fuente de la penumbra, la siguió por pasillos y descansos que nunca había visto. Al llegar a un espacio sin salida presintió calor en su cabeza, levantó la vista…Y nada más se supo de él. De todas formas la penumbra proviene de las sonrisas cuando el cuerpo ha descansado y no hay por qué temerle.
Eran una sociedad tranquila, abrumada sólo por la posibilidad de tener que salir de sus cavernas, castigados por faltas que nadie había cometido desde que Aquél fue expulsado. La de Aquél, era otra de las narraciones que poblaban el imaginario colectivo, y que cada noche servían para enseñar la moral a niños y jóvenes. Aquél era siempre un punto de discordia, aún había quienes pensaban si no serían ciertas sus teorías sobre el afuera.
Según él, no había castigados afuera sino adentro; y era deber de todos limpiar la conciencia de esa sociedad para poder salir. Por supuesto nadie lo escuchó. Lo condujeron hasta donde se creía que había llegado el hombre que vio el sol, y lo abandonaron allí. Los pocos seguidores lo acompañaron en la noche, pero temieron la penumbra de la mañana y nunca más volvieron a buscarlo. Desde entonces, dudar sobre el adentro podía ser a lo sumo una inquietud personal.
Entre la gran cantidad de historias de este pueblo, existe una poco referida, nunca contada a los niños; la que quizás reveló en Aquél las primeras vacilaciones acerca del adentro.
Esta historia cuenta que en alguna ocasión, alguien de afuera habría inventado al pueblo de las cavernas como una simple experimentación creativa. Los de adentro serían no una realidad, sino los personajes inexistentes de un relato como los suyos. Ellos serían como el hombre que vio el sol, como los niños que escaparon, como la mano gigante y como Aquél.
Pero es también un relato improbable, ¿quién podría pensar que un pueblo con tanta tradición narrada no exista? Y de existir el afuera, ¿quién podría pensar algo creativo con una bola de fuego sobre la cabeza?.


Ilustración: jarillero.blogspot.com

El aplauso maldito



_Dicen que está maldito_. Giré el rostro para ver al locutor, pero en ese infierno de rostros era imposible reconocer la dirección del sonido.
_Yo escuché que hizo un pacto con el diablo: Una voz distinta, nuevamente perdí al hablante.
Era la primera vez que lo veía, un poco guiado por la cantidad de gente que se dirigía hacia la plaza, otro poco para comprobar los rumores del maldito.
Entre los peinados de un par de vecinas pude verlo, el rostro medio cubierto por el ala del sombrero, el poncho en los hombros, los pies desnudos como el torso. Creo que no nos veía, tal vez no quería vernos.
Una letanía grave cegó mis ojos del resto del mundo, y el poseso comenzó a moverse.
No sé en qué momento comenzó a flotar, se deslizaba por el aire, casi volando; ahí, en el aire, su poncho saltó de los hombros y se convirtió en mujer.
De algún lugar de la plaza llegó un trino de cuerdas que no calló a la letanía. Ambas eran una melodía seductora, no bautizada por los santos y aplaudida por quién sabe qué demonios.
El hombre movía frenético su cuerpo sin soltar el abrazo de su poncho; esa mujer lo envolvía cual serpiente tejida, en el aroma de un amor no santo.
Un instante quise huir, avergonzado quizás, asustado seguramente por la escena que veía, pero sus ojos me miraron un segundo y la maldición que lo apresaba en esa convulsión me compadeció hasta la quietud.
Comprendí entonces que sufría. Su cuerpo ahí, movido así, no era suyo. Lo estaban usando, y el mismo que lo invadía obligaba a los espectadores de la tortura a aplaudir la humillación.
El hombre supo que yo lo entendía, y ensayó ponerse de rodillas para pedirme ayuda, lo logró un momento antes de estallar en un salto; la gente, sin ver su dolor, estalló en un aplauso aún mayor.
Quise detener la tortura y alcé mis brazos para acompañar un grito. Algo de todas partes y de ningún lado aferró mis manos y me obligó a unirlas con un chasquido…un aplauso.
Grité con toda mi voz que ese hombre sufría, que detuvieran su dolor, pero de mí salieron vítores para la escena.
Mientras yo me sumaba al aplauso general, el hombre se retorcía en contorsiones y muecas que comenzaban a parecerme de disfrute.
Regresé a casa con el alma satisfecha y las palmas enrojecidas.
Él regresó a su hogar con el poncho siendo poncho y, maldito o no, volvió a ganar el concurso de baile.

Adán

Por la mañana, Adán, recién anoticiado de su creación, quiso ver al Padre.
Avanzaba Adán entre las bestias, creado de la tierra para reinar entre ellas. Los animales lo veían con admiración. Sintió que Él lo llamaba, por eso se dirigió al lugar desde donde podría tocar la mano del Padre.
Cada nivel lo alejaba de la tierra y lo acercaba al cielo prometido. Atrás quedó el suelo y un hipopótamo que lo miraba.
Con el primer nivel abandonó a las jirafas, agitadas ante su rostro divino…¿era ese el mismo hipopótamo del suelo?. En el segundo nivel había aves, que sólo miró de reojo, porque graznaban peligrosamente al verlo. Tal vez le gritaban al hipopótamo, que seguía subiendo.
Debía llegar al séptimo nivel, porque el Padre le había prometido una compañera si lo hacía.
En el tercero y cuarto se arremolinaron insectos para verlo, los espantó con las manos y siguió subiendo. Comenzó a creer que el hipopótamo lo seguía.
Al sexto nivel llegó Adán para ver cómo danzaban ángeles, al parecer algo envidiosos porque el hombre subía a ver al Padre. Ahí estaba el mismo mamífero acuático, siempre siguiéndolo.
Estaba cerca del séptimo nivel, allí estaría el Padre. Estiró su mano para tocar antes…ahí está, el milagro de la creación frente al creador de toda ella. El hombre y el dios juntos…El hipopótamo apareció junto al Padre…Ramírez!!!!!
Esa mañana Adán no tomó las pastillas, y salió a la calle como salió de la ducha. Su jefe lo vio llegar y lo siguió. Adán subió tranquilo…el jefe atrás. Planta baja y todos los pisos se acercaron a las ventanas para verlo, el jefe atrás para detenerlo. En el séptimo piso Adán había intentado entrar en la oficina del director de la compañía.
Por la tarde, Adán Ramírez regresó a casa con un sumario por subir desnudo al andamio para limpiar las ventanas.

Hallazgo de la carta de Mia, madre de un rey (2)

Mi amigo llamó con la voz casi en un hilo para pedir que lo esperara con las herramientas listas. Preparé las pinzas, el atril y la lámpara. Encendí el hogar para calentar el ambiente del estudio, que yo utilizaba poco en el invierno. Sobre todo pidió mi silencio.
Golpeó la puerta. Abrí y estaba frente a mí sosteniendo el cofre como una ofrenda. Me dirigió un saludo breve mientras entraba al estudio. Colocó el cofre sobre el atril y me pidió que cerrara las puertas.
Lo abrió con solemnidad, extrajo el sobre con una de las pinzas. Era un papel amarillo, las puntas estaban casi quemadas por los años; un trozo de la solapa del sobre se desarmó en el aire.
_¿Esta es la carta?_ su sonrisa me dijo que sí.
Mi amigo estudiaba desde hacía años a un personaje tan misterioso como seductor: la última mujer condenada por brujería. En las enciclopedias se la nombraba Mía Trapañe; una sirvienta de la corte acusada de traición y quemada en la hoguera.
Los historiadores le habían dedicado no pocas páginas de estudios y libros porque era su nombre el que la Casa Real enarbolaba al hablar de traición: la peor de todas era Trapañe. Mi compañero se había encargado de mantener la tradición con un amplio análisis, considerado por la corte actual como el más acertado y mejor.
Ahora traía un documento que más de uno quería tener, un rumor confirmado: la existencia de una carta de Mia, quizás su versión de los hechos, tal vez algo personal y sin importancia.
Leyó en voz alta para mí:
“Mis padres me llamaron María Ivonne Amalia Trappaine, en un intento por resguardar el lejanísimo legado noble de mi abuelo. Algunos de mis compañeros me llamaron Mia….”
Con esto salvó el primer error de los siglos: su nombre. Más adelante el rostro del lector se entornó en una mueca de enojo…leyó para mí lo que ella decía de los reyes:
“…¿Cuánto podrían prolongar nuestro castigo mis dueños?¿Cuántas muertes por el león de un escudo?...”
Asesinatos, intrigas, una verdad que me parecía razonable; una versión que tiraba por la borda el buen nombre de mi amigo, su trabajo y sus mecenas. Esta muchacha afirmaba ser la verdadera madre del primer hijo de los reyes:
“…En el palacio, la reina llevaría un vientre falso. En el campo, yo llevaría un vientre vivo para ella. Debía volver cuando el niño cumpliera dos meses…”
El lector me miró de reojo y dejó la pinza con descuido en un borde del atril. Ahora no era mi amigo el mismo que llegó, era un hombre preocupado que sin hablar me pedía silencio…Me acerqué al papel y leí la carta completa. Yo no tenía dudas de que fuera verdad lo que contaba, una línea histórica sostenía que tal saña de la familia real contra un solo personaje debía esconder una mentira…y era cierto. Era un instrumento útil por su discreción, y tal fue el silencio que nadie figuró la conjura que planeaba:
“…Llamaron a la más callada para la misión más discreta. Acepté sin despertar a mi voluntad; ella, que me oyó en silencio, comenzó a trazar el plan. Caerían para el pueblo los tiranos y asesinos, porque yo iba a dárselos…”
Mi amigo paseó alrededor del atril, mirando alternadamente al papel y a mí.
_No creo que sea un testimonio verdadero. Afirma ser una mujer educada en todo arte para servir como cortesana, pero los errores de su escritura no son los que corresponden al estado de la lengua en su época…
_Aún si no lo fuera_ lo interrumpí mientras adivinaba su intención_ es un documento histórico, merece que lo estudien… la historia que cuenta concuerda con los estudios de Francois Mouteau y según él…
_ ¡Mouteau es un borracho!_ golpeó el atril sin preocuparse ya por la salud del documento.
Me empujó y arrancó la carta del paño en que reposaba.
_Esto no va a acabar con siglos de estudio, con años de mi dedicación, ni con el nombre de nuestra Casa Real…al fin nadie sabe que lo tenemos o que realmente existe…yo confío en tu silencio… ¿hago bien?_ Agitaba el papel arrugado en su puño y me dirigía una mirada que no reconocí.
_ Sí… haces bien_
La sonrisa que siguió sí la conocía. Se acercó al hogar y tiró la cara al fuego. Alcancé a ver una frase antes que se quemara:
“…Confío en que éstas, mis palabras, sirvan para explicar la verdad…”
Mi amigo me miró, prefirió mirar al suelo y se fue. El portazo que dio hizo vibrar el suelo y tiró la pinza del atril, todo un símbolo de su caída como historiador, y como hombre…o una triste coincidencia.
¿Y yo? ¿En qué momento me convertí un poco en Mia? Cuando callé por no perder a un amigo.
No pienso firmar esta carta ni nombrar a aquel que quemó la verdad. Tal vez en unos años se encuentre ésta y se sepa la verdad que mi memoria permitió guardar en parte.


El gaucho cantor



“…Como en mágico espejismo,

al compás de ese concierto,

mil ciudades el desierto

levantaba de sí mismo…” ·

¿Quién podía desear que el payador de las pampas ya no fuera? Sin embargo todos lo decían… la estirpe gaucha moría porque estaba muerto el poeta.
Fue una lucha con triunfo imposible, porque era el Progreso el contrincante. El Diablo trajo en su canción el alambre que cortó las alas del resero, y el cantor se quedó mudo. Al rastreador le opusieron las ciencias y al cantor le cortaron las cuerdas de la guitarra. El gaucho malo estaba encerrado cuando el cantor desapareció.
Muchos cantaron después el nacimiento del mito, pocos conocieron realmente el final de Santos Vega. A mi me lo contaron, y aunque mucho temo que la historia pueda haberme llegado después de años de reelaboraciones, algo en el aire que respiro me dice que es verdad.
Ya era leyenda su arte cuando al Juan Sin Ropa lo mordió la envidia. Comenzó a seguirlo mientras urdía una trampa y no me sorprende saber que el mismo Diablo tuvo a Santos por maestro para vencerlo mejor.
Las ciudades crecieron detrás de los gauchos, que se acorralaban en el regazo decreciente de la pampa libre. Alambrados, estancias, ferrocarriles y telégrafos para un país cada día más rico…pobre el gaucho.
La noche que Juan se reveló al maestro, le propuso un pacto del que conocemos el desenlace mejor.
El Diablo dio dos opciones. Una era a cambio de su alma, ser el único gaucho en la llanura argentina; ser eterno y leyenda. La otra, para conservar el espíritu; declararse vencido por el alumno y ser olvidado junto con los otros.
Quién sabe lo que vio el cantor mientras sonreía al discípulo envidioso. Quién habrá visto la cara que puso el Diablo cuando Santos eligió la segunda opción.
Las gentes se reunieron para oír el duelo, y como Juan les mostrara el futuro próspero, el cantor se aseguró de conjurar otro futuro. Lo que cantó en silencio lo repitió toda la tierra:

“… ¡Patria! a sus almas decía

el cielo, de astros cubierto,

¡Patria! el sonoro concierto

de las lagunas de plata,

¡Patria! la trémula mata

del pajonal del desierto….” ·

Sí, Juan Sin Ropa ganó el duelo de cantores. Sí, el Diablo trajo el futuro, parió el Progreso y lo dio a los hombres sin reclamo.
Sí, el alumno venció al maestro y lo mató, pero se fue refunfuñando porque ninguno de los argentinos se olvidó del gaucho.
De enojado que estaba cuentan que lo encerró en un viento y le rompió la guitarra. Mas el payador de las pampas había grabado su canto en el aire que todos respiramos, y dicen que al leer los últimos versos de Obligado se oyen, rabioso el grito del Diablo y terrosa pero constante la carcajada del gaucho cantor:

"…-Y si cantando murió

aquél que vivió cantando,

fue, decía suspirando,

porque el diablo lo venció…". ·



· Obligado, Rafael. Santos Vega. Buenos Aires. 1877 (los versos...el cuento no)

La Canción

Nada más oírla una vez y supo que la conocía. Tal vez la melodía, los tiempos, los instrumentos, no sabía exactamente qué, pero la conocía.
La canción sonó cerca del mediodía, cuando un rayo de sol conocido dormía sobre la madera del viejo piano, cada día más decorativo.
El muchacho debatía el horario de su almuerzo entre una pila de apuntes y la calculadora…las fechas de examen solían generar esos debates.
En medio de una ecuación complicada sonó la canción. Un, dos, tres, silencio, tres notas juntas y el gorjeo de un ave; un, dos, tres, las notas de una percusión extraña, un crujido.
_ Yo la conozco_...o se parece a una que conozco_..._¿A qué se parece?
Tres días seguidos la oyó a la misma hora, siempre familiar y desconocida a la vez.
Como no sabía el nombre, tarareó la melodía a sus amigos, ninguno la conocía, sólo él.
_Vengan a casa, la escucho todos los días al mediodía, creo que viene del edificio de enfrente, o del departamento de al lado…vengan a escucharla, sé que van a conocer cómo se llama_.
Un público de cuatro se reunió en el comedor para oír la nada…la canción no apareció.
Se cruzaron seis ojos, y el cuarto par los miró a todos _ no me miren así, no sé qué pasa; si se escucha a esta hora todos los días…_
Los amigos se fueron y al cerrarse la puerta comenzó a sonar la canción, pero ahora en su cabeza…tan cerca…tan familiar…tan desconocida.
Toda la noche la misma melodía en su cabeza. A la mañana siguiente el muchacho se sentó al piano con unas hojas en blanco y un lápiz. Durante horas recordó las lecciones de la infancia e intentó reproducir la canción que le sonaba dentro. Lo logró.
Llamó a sus amigos y la tocó para ellos. Ninguno la conocía, al menos ya no lo creían loco.
_Podrías limpiar un poco este piano…para tocar más seguido, ésta que escribiste es muy bonita_.
_Sí, puede ser, igual no pude acordarme… de dónde la conocía…_
Cuando se fueron los amigos, el muchacho decidió seguir el consejo. Tomó un paño…destapó el piano…una mezcla de temor, nauseas…¿Ternura o pena?.
Un pequeño pájaro, su cadáver sobre las cuerdas del interior.
Tenía la expresión de fatiga de quien lucha tres días contra las paredes de un piano y la burla del destino, que elige acabar una vida y hacer de la agonía una bella canción.

Manuscrito de la carta de Mia, madre de un rey (1)

Mis padres me llamaron María Ivonne Amalia Trappaine, en un intento por resguardar el lejanísimo legado noble de mi abuelo. Algunos de mis compañeros me llamaron Mia. Para mis dueños era la muchacha de Straing Abby.
Me educaron para servir con lealtad a la corona y a mi país. Me enseñaron arte, idiomas, desempeño doméstico, y por supuesto, el silencio.
Cuando llegué a la corte llevaba mis manos hábiles, mi doncellez intacta y la boca cerrada para siempre.
Bautismo de fuego para mi silencio fue una discusión en los comedores. El rey y el que luego supe era el Duque de Avon –Ramais, no aceptaron la tregua que Monsieur Ravelaus les ofrecía en Fleurville; un cambio de prisioneros. Dos días después, nuestra cocinera se desmayó frente a un papel en la iglesia; entre ochenta nombres de prisioneros muertos estaba el de su hijo.
Tampoco oí, aunque estaba en la habitación, el plan para dejar muerto en el camino a un embajador que pretendía enseñar las ventajas de tener un Parlamento. La historia dirá que fue la mordedura venenosa de alguna serpiente; si el puñal del sobrino de Avon –Ramais muerde, no voy a contradecirla.
Dos más y yo limpiamos la cocina luego de la cena que se llevó a la madre de la reina. Su majestad pidió la especie correcta de hierbas a la que su progenitora era alérgica, yo la recogí de la huerta.
¿Cuánto podrían prolongar nuestro castigo mis dueños?¿Cuántas muertes por el león de un escudo?
Cuado los generales extranjeros supieron que mis reyes no podían tener hijos, se oyó un rumor y un nombre. El rumor en el pueblo: caerían los tiranos y asesinos. El nombre en el palacio: la muchacha de Straing Abby.
Llamaron a la más callada para la misión más discreta. Acepté sin despertar a mi voluntad; ella, que me oyó en silencio, comenzó a trazar el plan. Caerían para el pueblo los tiranos y asesinos, porque yo iba a dárselos.
Emprendí el viaje de un año que me encomendaron. En el palacio, la reina llevaría un vientre falso. En el campo, yo llevaría un vientre vivo para ella. Debía volver cuando el niño cumpliera dos meses.
El padre del futuro príncipe iba a esperarme allí, y se marcharía ni bien confirmada la noticia. Era el hijo de un campesino al que premiarían con la exención de la prima nocte el día de su boda.
Al plan oficial de traer un niño noble de sangre plebeya, yo añadí el de hacer breve su estadía en este mundo.
Durante nueve meses le expliqué al vientre que las hierbas que plantaba y bebía en infusiones le permitirían conocer el mundo algunos meses, los suficientes para evitar sospechas y permitirme escapar. Sin heredero no habría corona; sin otra boca callada, imposible repetir la mentira. Más tarde, Parlamento y pueblo.
Nació, lo cuidé tratando de no encariñarme; me hice a la idea de que al enviarlo de regreso lo estaría salvando de volverse como ellos.
Llegamos al palacio. Esa misma noche, la reina dio a luz a un prematuro con la apariencia de un niño de dos meses, que ya se acostumbraba a la idea de una vida corta. –Un prodigio- dijeron a las masas los médicos reales, luego de atender el nacimiento de una almohada.
Una semana después, algunas horas antes de mi fuga, un par de soldados me apresaron en el dormitorio.
El heredero había muerto, y los médicos habían visto mi mano en el color de su sangre.
Me acusaron y encerraron en las mazmorras. El delito: brujería y traición; la condena: fuego en la plaza dos días después.
Sólo la cocinera se acercó a saludarme, y accedió a traerme papel y tinta para escribir esta carta, que ella guardará para el futuro.
Vi a mi hijo dos días antes de su muerte, le dí una última dosis y le pedí perdón. Por sus ojos supe que me agradecía y perdonaba.
Por un momento la sombra de la duda sembró en mi cabeza…el primer y último acto de tiranía de ese príncipe que nació de mí… ¿Venderme antes de tiempo?¿Puede ser que el niño se volviera como ellos en una semana?
En cierta forma prefiero este final. ¿A dónde habría escapado con el fantasma de un hijo que para nadie era mío?. Mañana al mediodía antes de arder, pediré perdón al pueblo por no darle a los tiranos.
Probablemente mis dueños intenten dibujar la historia, hacerme cruel frente al futuro.
Confío en que éstas, mis palabras, sirvan para explicar la verdad.
Si el mundo crece con justicia, el tiempo y la historia dirán que fui un faro extinguido antes de tiempo, que mi luz alumbró un capítulo oscuro y fue el ejemplo que llevó a mi pueblo hacia la libertad.

Creación


Ella imaginó una caricia invisible, y vivió por vez primera el aire.
Ella vio que era linda y descansó; y soñó miles de piedritas juntas que hacían cosquillas, cuando despertó, apareció tierra. Quiso sacar la tierra de sus manos y nació agua.
Ella durmió otra vez y soñó ver brillar el agua. Despertó y puso una flor amarilla en el interior de media pelota azul- celeste, allí había un hermoso cielo de día que hacía brillar el agua.
Le pareció triste ver solas al agua y la tierra, las unió para formar barro y puso allí unos botones naranjas sobre flexibles palitos verdes.
Ella descansó y soñó entre sus botones unas criaturas que se alimentaban de ellos. Despertó y sacó del barro a esas criaturas, las acarició con el aire para darles vida. Y puso a las criaturas entre los botones para que se alimentaran de ellos.
Ella vio que eran buenas y descansó. Y soñó que sus criaturas se cansaban de andar siempre bajo la flor amarilla, y creyó ver a los botones un poco mareados.
Despertó y colocó un telón negro bajo la pelota, cosió a la tela una perla y cientos de lentejuelas para ver nacer la primera de sus noches.
Ella vio que era linda otra vez y descansó; y soñó a sus hijos, que nombraban tierra a sus piedritas, sol a la flor amarilla, flores a los botones y estrellas a las lentejuelas.
Se despertó y sacó a sus hijos del barro, los acarició con aire para darles vida y los puso entre los botones y las criaturas.
Y sus hijos nombraron tierra a sus piedritas, agua al líquido que los limpiaba de ellas, sol a la flor amarilla y cielo a la media pelota azul. El telón fue bautizado noche, la perla luna y las lentejuelas estrellas. Abajo, los botones fueron flores y las criaturas animales, cada uno con nombre distinto según su forma.
Ella estaba feliz y descansó; soñó a sus hijos entre grandes construcciones que casi rozaban el cielo pelota, los vio crecer y multiplicarse por cientos. Vio millones de botones flor por toda la tierra y a las criaturas en más número, alimentarse de ellos. Y se vio a sí misma mirar su creación.
Despertó y creó las construcciones, y puso en ellos a sus hijos y ellos se multiplicaron. Y sus hijos nombraron a las construcciones, edificios.
Y puso más botones flor y a las criaturas entre ellos, y ellas se alimentaron y fueron más en número.
Y puso una pequeña hamaca para sí en el cielo pelota, para estar siempre cuidando a sus hijos, a los botones y a las criaturas.
Ella vio que era linda y los bautizó a todos: Creación.
Y descansó, y tan cansada estaba que no hubo lugar en su memoria para sueños.
Y despertó al día siguiente y mostró su creación, y todos vieron que era buena…salvo la maestra, que desaprobó su maqueta por hereje.


Ilustración: http://jarillero.blogspot.com

Yo, el hijo del fantasma (mención especial en "Cultura Positiva" 2007, Argentina)

Cómo podía escapar si no tenía piernas. Cómo gritar que estaba cerca si nadie podía escuchar. A quién pedirle ayuda ahí adentro, en el vientre de mi madre.
Veinte años de ser un fantasma no me convierten en héroe, porque nunca he peleado por serlo. Mi cuerpo no es el de un héroe, es un préstamo que tomó el fantasma. Débil y enjuto por las drogas, el cabello opaco y más negro que nunca, la piel cetrina por el virus.
El fantasma vive en mí; y no es color rosa como dice la canción que alborotaba a las vecinas de mi abuela. Me pregunto qué piensan de mí. Qué piensan de mí, que nací con esto en la sangre y no tuve tiempo de ser “raro”, como ellas dicen. Qué pensarán de mi madre, la enfermera. La mujer que en la calle, en una emergencia decidió por otra vida no usar guantes; y me regaló esto en mi sangre además de la vida.
Yo de ellas no pienso, intento no pensar.
En la tele un programa ha mostrado a otros como yo, que nacieron así. “Los hijos del SIDA” nos dicen. Yo no quisiera ser eso, pero no he tenido otro padre que el fantasma. Al mío de verdad se lo llevó hace tiempo; lo tenía en la sangre porque mi mamá se lo regaló como a mí, sin saber que lo llevaba. Fuimos de los primeros me parece, cuando lo sabido del fantasma era tabú por el terror. Se lo nombraba poco, no fuera que al escuchar su nombre viniese. Se lo nombraba tan poco por desgracia...
Se lo nombró poco durante mucho tiempo y ése fue el primer error, porque nadie pudo conocer su materia antes de tenerlo ya en la sangre, y ahí era tarde.
Y hoy, que se lo nombra mucho; no es mucho lo que ha cambiado. El miedo que se le tenía ha trocado por indiferencia. Esa desgracia del sentir le abre paso en las venas de los hombres descuidados, y él los mata. Y esa misma desgracia en el corazón de otros, mata en vida a los que llevan el fantasma. ¿Qué cambió entonces, si no existe vacuna para evitar al fantasma o la indiferencia?.
¿Cuántas veces escuché a los enfermos como yo decir que el mundo los había matado antes que el SIDA? ¿Cuántas veces escuché de un “sano” las famosas leyendas urbanas de los contagiados por accidente? ¿Soy yo acaso una leyenda? ¿Lo fue mi madre?.
Hoy no he tenido tiempo más que para pensar en el fantasma, me sobran las horas para conversar con él. Le pregunté si podíamos salir a ver gente en las calles, para despejarme. Como me permitió poner los pies en el piso asumí que aceptaba.
Las calles. Murmullo y ruido se hacen carne en las calles y en la gente, y ellos no ven al fantasma. Yo lo veo. Ahí está él, con una mujer que alquila por horas su cuerpo y no lo cuida; con un adicto que lo dejó entrar en la jeringa; conmigo, que nací con él. Las calles llevan anuncios con su nombre y pautas de prevención. La gente no los mira, o los mira y piensa “eso ya lo sabía, yo sé cuidarme”.
También veo a dos señoras que caminan alarmadas detrás de una pareja homosexual. Ellos van tomados de la mano; una de ellas dice “éstos son los que trajeron el SIDA”. Tal vez por la sorpresa no me sale un insulto para ellas sino una sonrisa, yo pensé que las únicas eran las vecinas de mi abuela. Ellos pasan por mi lado, pero cada uno mira al otro. Las señoras pasan, y no ven mi sonrisa, o no me ven a mí.
¡Hay tanto en las calles que le sirve de puerta al fantasma!. Hay soberbia, ignorancia, indiferencia, indignación, descuido, los hay también analfabetos del SIDA.
El fantasma se aleja de mí sin avisarme, y lo persigo hasta un hospital. Camina seguro por los pasillos, sube escaleras y yo corriendo tras él no me siento cansado. La sala de sus enfermos va a desocupar una cama.
Nadie nos detiene el paso, las enfermeras corren y un par de médicos luchan sobre la cama del enfermo. ¿Llegaré algún día a eso? ¿Lucharán por mí tanto como por él? ¿Sabría el dueño del cuerpo quién era el fantasma cuando lo conoció?.
Trato de ver su rostro. Deseo para mí, no irme antes que al menos alguien conozca el verdadero rostro del fantasma. Deseo que al menos una persona lo mire sin indiferencia, para asustarlo. Deseo poder salir a la calle y encontrar ayuda para asustarlo; para que la indiferencia no sea su puerta ni en la sangre ni en los corazones. Deseo que el fantasma tenga un cuerpo que no sea prestado, para que todos lo vean y puedan perseguirlo.
Intento ver detrás de la cortina, las enfermeras no me detienen. Los médicos deciden dejar que el cuerpo descanse, ya es hora. Me acerco a la cama y ahí está: el cuerpo alto y enjuto, el pelo negro y opaco, la piel cetrina y ya sin vida. Mi cuerpo, que ya no sirve si ahora soy fantasma.

Lectura de prólogo


“…Y ya no quedan ruinas de la ciudad dorada que den a los hombres el testimonio de antiguas batallas. Los guerreros dejaron que el agua y el aire horadaran los escudos y oxidaran las espadas. Sólo él recuerda la gloria, sólo sus manos extrañan el calor de la lanza y el olor de la sangre enemiga.
Cuando comenzó la guerra nadie aseguraba querer dar la vida por él. El tamaño de su edad era pequeño, y la traición de su padre vivía aún en la memoria de los soldados. El casco le cubría los ojos y la cota se enredaba en sus tobillos. Nada en contra logró aplacar su amor por la tierra natal; así llegó al frente y mató, al lado de cuanto hombre necesitó la lucidez de su mente y la fuerza de su brazo.
Nadie dudó luego en ponerse frente a él y defender su nombre y su vida. Capitán de hombres que olvidaron la vieja traición, se erigió en la razón principal de la vida de todo el territorio.
Ahora, coronado de blanco y ya exhausto de la vida, se sorprende a sí mismo pensando en aquellos días, cuando todo para él eran el rojo de la sangre y el gris de los campos de piedras donde combatía. Repasa con sus dedos la empuñadura de la espada y por un momento desea que los enemigos vuelvan, pero sin más desecha el pensamiento egoísta que la perfi…perf..perfi…”

_ ¡Papá vení, no entiendo esta palabra!
_ ¿Cuál?...ah, ahí dice perfidia… eso es deslealtad, mala fe…
_ Ah si la conozco, pero no la entendía…los puntos están muy juntos.
_ Sí, me dijeron que esta versión en braille tiene algunos errores…cualquier cosa avisame…
_ Sí gracias…

“…pero sin más desecha el pensamiento egoísta que la perfidia de su mente impone a su memoria, y me llama a su lado para relatarme los acontecimientos aciagos de nuestra tierra, que por su deseo relataré a continuación.”


Ilustración:http://jarillero.blogspot.com/

Si esto no es paranoia...

Apoyado apenas en mi alféizar veo a tres muchachos igualmente morenos sentados en la calle; dos en un mismo escalón; el tercero, uno más arriba.
En el barrio donde vivo las calles son peatonales y escalonadas, porque estamos en zona montañosa. Por eso no me causa curiosidad verlos sentados, es otra cosa en realidad, una sensación que tengo al verlos.
El la terraza del San Crisóstomo, el edificio del final de la calle al que los jóvenes dan la espalda, está Don Fermín.
Habitualmente yo dialogo con el viejo de esa manera, cada uno en su casa y a los gritos; yo en la ventana, él en la terraza.
- ¿CÓMO LE VA DON FERMÍN?
- ¡BIEN JOVEN!, ¿Y USTÉ? ¿ESTUDIANDO NOMÁS?
- ¡SÍ, ESTUDIANDO!
- ¡ME ALEGRO M’HIJO, SEA ALGUIEN EN SU VIDA!
Pero hoy Don Fermín no me ve, él también mira a los tres muchachos. Me gustaría saber qué piensa mi vecino de esos que yo no he visto nunca.
Esos están sentados, no les veo las caras. Uno mira un reloj en su muñeca, otro observa a su alrededor; el tercero se truena los dedos, o eso creo porque no escucho el ruido de los huesos. ¿Están esperando algo? ¿Quiénes son?.
Mis latidos se aceleran…yo sé que hoy una familia de mi edificio salía de viaje… ¿Serán parientes de ellos que no sabían nada? …en ese caso tendría que avisarles…pero…si no son…si son otra cosa…si ellos sabían que en esa casa no hay nadie…¡Son ladrones!...sí, el del reloj les dice algo a los otros…se están preparando para entrar!...
No, era un chiste, les contó un chiste..sí, se están riendo…. ¿Y qué?...no sirve el humor para liberar tensiones?...¿No sienten nervios los delincuentes antes de cometer un crimen?… están esperando…van a robarle a alguien…
Miro a Don Fermín, siempre tan solo él..y en silla de ruedas. Mi vetusto vecino no quita los ojos de encima a esos tres, creo que está asustado. Yo podría salir de mi casa e ir a la de Don Fermín, acompañarlo…pero me delataría con los delincuentes…si ellos están armados y me toman de rehén pondría además en peligro a Don Fermín…no, no puedo salir.
Tampoco puedo gritarle, porque ellos escucharían…tal vez Don Fermín me ha visto y piensa lo mismo que yo…no se anima a salir de la terraza…
Sí, el viejo está asustado, se sacude el poco cabello de la cabeza… se acomoda en la silla…se acerca con precaución al borde de la terraza…
Por favor no haga ruido Don Fermín. Yo pienso con fuerza para que el viejito me escuche en sus pensamientos…no haga movimientos bruscos…los criminales tienen todos sus sentidos mejor desarrollados…no se mueva hombre…
El del reloj vuelve a mirarlo, el que está a su lado le pregunta algo, lo sé por el movimiento de su cabeza…debe preguntar la hora…
El del otro escalón saca de detrás suyo un paquete…yo no había visto ese paquete. No es muy grande, no tiene moños…no es un regalo… ¡Terroristas!
Me alejo espantado de la ventana, siento el sudor frío en mi espalda y un vacío en el estómago…mi pecho es expande y contrae rápidamente con la respiración…
Lentamente me acerco a la ventana…el paquete está a la vista ahora…¿Cuál será el blanco de esa bomba?...un edificio…la plaza…hoy hay fiesta en la escuela…¿Será la escuela?...
¿Cuál puede ser la bandera de tal crimen?...si yo tuviera un teléfono podría avisar a la escuela…
Don Fermín no deja de mirarlos, él debió ver antes el paquete…por eso lucía tan nervioso…y él tampoco tiene teléfono…
¿Nadie más los ve?...o es que saben lo que sucederá, ¿serán cómplices todos aquí?…no he visto a nadie más en el barrio…
¿Y Don Fermín?...¿Él sabrá?...y si el viejo fuera el jefe?... ¿qué tal si está controlando el plan?...Nunca lo habría pensado si no fuera por lo raro que es el viejo…Dicen que tiene una hija…pero nunca la he visto visitarlo…la hija puede ser una coartada…una mentira del jefe terrorista…mi vecino el criminal…
Casi no puedo respirar…
Una mujer aparece por la calle del San Crisóstomo. Se acerca a los tres criminales. Los tres se ponen de pie y la besan, ella los abraza uno por uno. Ellos hablan en voz alta y yo alcanzo a oírlos
-¿Por qué no han subido todavía?
- Te estábamos esperando…

¡No puede ser!...¡el blanco es el edificio de Don Fermín! ¡Tengo que hacer algo pero estoy paralizado!

- Dijiste que llegabas a las dos má, nos estábamos preocupando

¿Má? ¿Esa es la madre de los criminales? Estoy confundido. ¿Don Fermín sonríe?

-EH, CÓMO ESTÁN MIS NEGROS, ¿NO VAN A SUBIR?

¿Don Fermín los conoce? Ya no entiendo, ¿seré yo el blanco?…el viejo se ganó mi confianza para que no sospechara…

- ¡ABUELO!, ¿HACE CUÁNTO ESTÁ AHÍ? LE TRAJIMOS UN REGALO…
- SÍ, YA TE VI EL PAQUETE… SUBAN QUE LOS QUIERO VER DE CERCA. ADEMÁS ME ESTÁN ASUSTANDO A LOS VECINOS. ¡MI AMIGO EL ESTUDIANTE DE ENFRENTE LOS HA ESTADO MIRANDO CON UN SUSTO! POBRE, DEBE HABER CREÍDO QUE SON LADRONES O ALGO ASÍ!
Las cuatro cabezas de los familiares de Don Fermín se dan vuelta hacia mi ventana… por alguna razón sólo mi mano se mueve y los saludo…imagino mi sonrisa, maníaca… mañana mataré a Don Fermín.

Viajero

Como un llamado fue. Puse mi nombre ahí como si alguien lo pidiera. Una pantalla luminosa y el movimiento en su interior…un cuadro de texto…ahí puse mi nombre.
Ya era costumbre poner un nombre cualquiera en el buscador y que éste me llevara a quién sabe qué espacio del universo virtual.
El día de mi cumpleaños decidí probar conmigo… mi nombre. Mi abuelo dice que mi nombre es el de un héroe…tatarabuelo creo.
Desperté con la curiosidad a flor de piel…encendí la máquina y puse mi nombre en el buscador. Borré el nombre rápidamente, con recelo de ese aparato y la voz de mi abuelo en mi cabeza. Escribí la fecha de mi nacimiento… comencé a borrarla con algo de miedo…automáticamente la completé y apreté la tecla principal…
No sé cuántos años… pero fueron muchos…a mi lado pasaron personas conocidas, desconocidas…animales…edificios…máquinas como la que encendí, pero más viejas.
No puedo explicar qué sucedió…alcancé a oír el ¡Feliz Cumpleaños! de mi mamá, que abrió la puerta…y nada más.
Hoy vivo en algún lugar de otro tiempo…tal vez sea mi lugar en otro tiempo…sinceramente no lo reconozco. Aquí todo es lento…no hay nada automático… yo viajo por las sendas en un caballo marrón…zaino dicen que se le llama…
Aún hoy pienso… ¿Habré puesto mal la fecha? Quizá equivoqué un cálculo…mi abuelo siempre dijo que las máquinas del tiempo no eran juego… y siempre jugué a que mi abuelo estaba loco por llamar máquinas del tiempo a las computadoras… no creo que estuviera tan loco… me gustaría poder decirle eso…
Como un llamado fue… vi la lista de voluntarios para el ejército y me inscribí… porque siento en las venas el vértigo de poder morir por la patria en cualquier momento... a mi abuelo le habría gustado tener un nieto soldado… como el tatarabuelo.
Tal vez en el futuro mi nombre quede inscrito en las páginas de la historia… tal vez en el nacimiento que me espera dentro de dos siglos me pongan mi nombre en honor a mi propio ancestro héroe de la patria…que quizá soy yo.
Sangre y tierra en el campo… una herida profunda y me voy de este tiempo sin velocidad…mi caballo murió antes que yo…y mi nombre quedará en la historia por matar a ese capitán enemigo…
Como un llamado fue. El día de mi cumpleaños puse mi nombre en el cuadro de texto como si alguien lo pidiera…lo borré y puse la fecha de mi nacimiento… me arrepentí y puse ni nombre… vi en mi cabeza unos animales y unos edificios…y un caballo zaino que no tengo… sangre con tierra en un campo que no conozco.
Recordé la historia de mi nombre…un tatarabuelo que murió por la patria y que aparece en los libros por matar a un capitán enemigo.
Apagué la computadora y me fui a casa del abuelo a jugar al ajedrez.

Nadie es Odiseo

Como todos, lamentaba sus desgracias sin pensar que otras, ajenas, podían ser peores. Era pastor, tenía el rebaño más grande y la zona más fértil de la isla. Era hijo de un dios. Pero nada le importaba desde que ella se fue.
-¡Se fue con un mortal!, ni mis promesas, ni el amor que juré para siempre, ni mis riquezas…un mortal… ¿Qué puede ofrecerle quien puede morir mañana y dejarla sola?
-No te aflijas hijo, recuerda lo especial que eres para mí, mis ojos en este lado del mundo…
-Literalmente tus ojos…me privaste de la vista y pusiste en su lugar este único faro, para saber quién visita tus tierras anegadas. A ella nunca le gustó que resignara mirarla por ser tus ojos, en parte fue tu culpa que se fuera…
-Hijo, es una ninfa, hija de un simple río…tu padre es el rey de los mares. No podías esperar mucho más de quien corre en los campos enamorando pastores mortales. Eres el faro de los dioses en este extremo del ancho mundo; mis manos en la tierra que dejo sin agua…
El cíclope oía la voz de su padre y veía el negro de la nada, porque su ojo enorme y solo era la extensión de los ojos de su padre. Él podía hallar las cosas, pero no podía verlas, las imaginaba, pero nunca sabría si eran como deseaba.
Tan triste estaba que no oyó atracar las naves en el puerto de su isla, o no quiso oírlas.
En la noche regresó a su cueva y el aroma delató comida que no era suya. Cerró la entrada con una gran piedra y caminó desalentado hasta la roca que le servía de lecho, la manta aún olía como Galatea. Como un cachorro se sentó en el piso y se deslizó debajo de la manta. Sabía que muy cerca estaban los extraños.
Un suspiro lento y lastimoso inició su lamento, con la cabeza cubierta por la tela.
¿Cómo castigarlos? Ella y mi padre no merecen mi perdón. Ella por dejarme, él por privarme de la vista sin consultar si me era útil. Ambos me usaron, a ninguno quisiera ver feliz. ¡Que muera su pastor mortal!, ¡Que se oscurezcan los ojos de él en este extremo del mundo!
Una tras otra se repitieron sus quejas. Las palabras se amontonaron hasta convertirse en llanto.
El hombre de muchos senderos, que lo oía bajo el duro lecho, miró a sus compañeros. Les señaló una estaca de olivo al otro lado de la habitación, y salió del escondite.
-No llores amigo, permíteme agradecer la hospitalidad de tu hogar, que nos sirvió en tu ausencia…
El gigante irguió la mole de su cuerpo, la manta cayó sobre sus hombros.
-Preséntate, extraño, y yo decidiré si mi hogar puede serte hospitalario. No te daré el gusto de reír mis penas sin saber quién eres y qué buscas…
- Por supuesto mi señor, no pretendo incomodar tu casa… mi nombre es Odiseo, pero si me llamas Nadie podría ayudarte…

El buzo

El Triángulo de las Bermudas es el misterio que más deseos de desentrañar ha despertado en los estudiosos de los fenómenos físicos. Es un interrogante compartido por científicos, militares y aficionados a los enigmas que originan soluciones extravagantes.
Uno de estos últimos era un millonario que gustaba de practicar deportes arriesgados, y cobrar por verlo realizar las pruebas más extrañas en los lugares menos pensados por el hombre común.
Su más reciente idea fue la exploración del Triángulo de las Bermudas. Años de lectura sobre esa zona del Atlántico, horas frente a la pantalla viendo películas que desarrollaban las más extrañas teorías, tenían su fruto en la idea del millonario.
Básicamente, el hombre pretendía acumular puntos a su ego, despertar el asombro de sus admiradores, y provocar las delicias del bolsillo que manejaba su contador.
La organización de la hazaña incluyó la venta de pasajes en un par de cruceros que se instalarían a algunos kilómetros del área, para que otros millonarios pudieran ver al hombre nadar solo hacia lo desconocido. Los medios de comunicación de todo el mundo debieron solicitar acreditación para acceder a los barcos y helicópteros de prensa, que se instalaron a la misma saludable distancia que los cruceros. Se limitó el uso del espacio aéreo y de satélites que en tal caso facilitaran la cobertura del evento sin pagar. Durante algunas horas, el mundo observaría a este hombre en las aguas temidas, por lo que también aumentaron las tarifas de publicidad televisiva y de internet.
Llegó el día. El hombre despertó en su barco, tomó un desayuno liviano y se colocó el traje de nado. Su contador le dio las últimas buenas noticias sobre las ganancias de su hazaña.
Lo sacaron del camarote y lo ayudaron a ubicarse en la baranda desde la cual se sumergiría. Uno de sus ayudantes colocó la cámara de video sobre su cabeza, esas imágenes serían las únicas que el mundo tendría sobre los fenómenos del interior de la zona cero. Lo ataron con el cable de seguridad y encendieron los comunicadores de vibración, lo único que lo conectaría con su gente. Si sentía que estaba en peligro sólo debía apretar el botón que reproducía una vibración en el cable de seguridad, y sus colaboradores podrían sacarlo a salvo del lugar. Se sentó en la baranda y se dejó caer hacia atrás.
Nadó aproximadamente media hora, por fortuna estaba bien entrenado. Nada en el agua lo hacía pensar que sucediera algo extraño, los animales y vegetales se veían como en todas las aguas.
Comenzó a sentir una ligera molestia en la cabeza, creyó que se había sumergido demasiado y subió un poco, sin salir del agua. A lo lejos divisó una zona más iluminada, había tonos rojizos, probablemente por acción del sol sobre el mar. Continuó nadando, se acercaba a la luz. Aumentó el dolor de cabeza, el buzo aumentó la ración de oxígeno. Se acercaba a la luz y sentía que la zona comenzaba a atraerlo, tal vez estaba cerca de la corriente del Triángulo.
Definitivamente estaba allí, no hizo falta continuar nadando, el agua comenzó a llevarlo a la luz, cada vez con mayor rapidez. El buzo no sintió miedo hasta que descubrió la naturaleza del centro de la luz, un remolino oscuro, bastante diminuto al principio; fue creciendo cuanto más se acercaba.
El buzo quiso salir de la corriente, pues el remolino no parecía el portal a ninguna dimensión, sino más bien un agujero negro y bastante peligroso. El agua lo arrastró sin más y por la presión en su cabeza creyó que moriría. Asumió la posición de choque, las rodillas pegadas al pecho; pero la corriente lo obligó a permanecer erguido. Su cabeza iba a ser aplastada por ese estrecho de luz. Cerró los ojos y quiso apretar el botón, pero había desaparecido. Apretaba su muñeca con insistencia pero el botón no estaba allí. La corriente se hizo más fuerte y lo obligó a sostener los brazos al costado del cuerpo, Los peces desaparecieron y las algas se esfumaron de su vista. ¡Era realmente el Triángulo! Si sus ayudantes interpretaban su tardanza como peligrosa y lo sacaban de allí, tendría las únicas imágenes, que estaba captando su cámara mientras la luz y el remolino lo arrastraban a otra dimensión. Su cabeza se encontró con una resistencia, pero la corriente lo hizo empujarla. Mantuvo los ojos cerrados…
Su visión estaba borrosa, gente vestida de blanco, algunos de verde. Había risas. ¿Dónde estaba? ¿Era la otra dimensión? ¿Lo habían sacado a tiempo y era su barco, a salvo como en el comienzo del día? Aplausos, ¿Era la prensa? ¿Eran sus admiradores? ¿Eran los habitantes de otra dimensión? _ Es un varón.
¿Qué?_ sí, soy un hombre. ¿Qué…dónde estoy?
Una mujer se acercó con unas tijeras y el hombre intentó detenerla, ella cortó su cable de seguridad.
¡La cámara! Debía registrar esas imágenes. La buscó en su cabeza pero no estaba. Estaba herido, sentía el olor de su sangre.
_A ver, vamos a presentarlos…
_ ¿A quién debo conocer? ¿Por qué nadie me responde?
La mujer que cortara su cable lo llevó boca arriba hasta un calor agradable, cuando el buzo se dio vuelta vio a la mujer más hermosa…
Al día siguiente, los diarios de la ciudad titularon la desaparición del millonario en el Triángulo de las Bermudas, ante la vista de cientos de personas, en medio de un remolino. No se descartó hallar su cuerpo hacia el Este, dada la corriente de esos días.
El mismo diario, en la sección de mensajes sociales, publicó el saludo de un matrimonio a su hija, por haberles regalado su primer nieto varón.

El mensajero

Designaron a todo un cuerpo para buscarlo en la selva. Doce hombres detrás de sólo uno.
Mientras, en la selva, un hombre era suficiente para llevar el legado a las montañas.
Salieron doce a buscar al uno del pergamino rebelde. Árboles, tierra y aire fueron el refugio del mensajero en la selva, todos lo escondieron del grupo que lamía su sombra.
La madre verde lo cuidó hasta que sus brazos no pudieron estirarse más; por desgracia la savia y la madera no permiten moverse a los árboles.
Lo encontraron. A orillas del acantilado donde moran las águilas, lo encontraron.
Nadie vio al gorrión; nadie en plena guerra mira a un gorrión cerca de un nido de águilas, y nadie lo oye.
Llevaron al mensajero al cuartel, lo desnudaron de sus ropas y de la piel de los pies, la tortura primera. Sólo una tela sobre los muslos por no ser inhumanos, le sacaron las uñas para que gritara dónde estaba el legado. No salieron gritos de su voz, no salió su voz.
Afuera, el gorrión avanzó debajo de la lluvia y contra el viento. Adentro, el mensajero calló el dolor de perder sus ojos, y calló el viaje del gorrión hacia las montañas.
Ciego, en los huesos y colgado de las manos, el mensajero no respondió a las preguntas _ "¿Qué es el legado?" "¿Quiénes son los jefes de la rebelión?".
El gorrión se acercaba a las montañas a la misma velocidad con que el mensajero se despedía de la vida.
A metros del refugio en las montañas, el gorrión miró hacia abajo y creyó ver al hombre que lo llamó aquel día en la guarida del águila, le sonrió al recuerdo y llevó el papel a los ancianos del pueblo.
A momentos del final, el mensajero miró hacia arriba y creyó ver en las antorchas al gorrión que encontró ese día en que buscaba un águila mensajera. ¿Habría sido buena idea confiar lo grande al ave pequeña?. Le sonrió al fuego de la antorcha y dejó de pensar para siempre.
En el pueblo, los ancianos recibieron al gorrión, le dieron refugio y alimento. En la reunión al anochecer abrieron el legado para la ceremonia:

"maíz y piedra mezclo
para hacer el pan,
golpeo más y siento
que harina nace acá".

"acaricio el cuero
con mi piedra chata
y hago las sandalias
por la madrugada".

Por la vida del mensajero y por el viaje del gorrión, muchos hombres mataron y murieron en los cuarteles. Pero los niños del pueblo nunca olvidaron cómo amasar y curtir.

Laureles


Mi nombre pudo ser Oneirocles, y pude ser hijo de un agricultor. Mi infancia pudo ocurrir entre olivares y el sueño de la ambrosía que me era prohibida por no ser un dios. Pude haber visto de lejos, muy de lejos, al maestro Aristóteles enseñando a los jóvenes; y pude aprender algo de él.
Pude jugar a ser Hércules. Pude soñar que la tragedia de Agamenón no era la mía, que no era digno de ser traicionado, o de ser rey.
Pude ejercitar mi cuerpo y ser atleta. Carreras, pugilismo y disco pudieron ser mis títulos en las olimpíadas. Un poeta pudo dedicar sus odas a mis triunfos.
Pude enamorarme de una bella, y ella pudo corresponder mi amor. Pude abandonar mis laureles porque a ella le impedían amar a un atleta. Pude amarla y ser el padre de sus hijos. Pude morir entre los olivares que me vieron nacer y ser en cenizas el dios de una familia; pude ser el abono de una civilización eternamente brillante.
Sin embargo, nací de un álamo seco, en una fábrica al sur de la ciudad, y nunca llegué a tener más de dos capas de barniz mate… ese fue mi destino…ser un maniquí.

Renacer

_Era una mujer muy joven_.
La policía estaba en la torre cerca del mar, donde habían hallado flotando el cuerpo.
_Hay que reconstruir esta tragedia, no me convence la idea del suicidio_.
Él era un hombre como todos, pero tenía tanta pena como pocos. La vida no había sido generosa con él.
Ni el trabajo, ni el dinero, ni los amigos que tenía por el dinero. Ni la fe en ningún Dios, ni las terapias de autoconocimiento…Nada lo rescataba de la pena.
El último recurso del desesperado, el esoterismo. Visitó a una bruja, mujer tan antigua como sus artes, que tendría al fin la solución para su mal.
La mujer oyó el relato del desgraciado, lo miraba a los ojos cual madre amante y confidente.
Leyó cartas, observó fechas, hizo cálculos. Al final de la tarde, la bruja le dio al hombre su augurio en un trozo de pergamino. Debía leerlo al salir, pues sólo a él le pertenecía su destino…ella era el instrumento:

“Entre la vida y la muerte…el renacer está en el agua”

El renacer…El hombre caminó por el muelle hasta el mar…el renacer.
En la cima de la torre, la vio. Joven y bella, pero triste. Tenía el rostro oculto por un manto, y se volcaba peligrosamente sobre el borde de la torre.
El hombre sólo la veía a ella, no a los otros. La compañera de su pena, una mujer angustiada, que como él buscaba consuelo en el agua.
El hombre la imaginaba sonreír cuando ella cayó.
Entre la vida y la muerte… ¡La mujer iba a morir!
El renacer está en el agua… ¡Él iba a ayudarla para salvarse así mismo!.
Se arrojó al mar decidido a darle otra oportunidad a esa vida.
La alcanzó debajo del agua, ella no luchaba contra la marea. La tomó por debajo de los brazos, pero ella no respondía…y lo arrastraba al fondo.
Arriba, luces, gritos; abajo, entre la vida y la muerte, no había renacer.
Él no podía sacarla del agua, y ella no lo dejaba salir.
Él necesitó aire y quiso salir…ella lo llevó más abajo.
Entre la vida y la muerte… él la soltó, pero estaba lejos del aire
El renacer está en el agua…él juntó el pecho y sus rodillas, como antes de nacer.
_ El caso de la mujer está resuelto, fue suicidio, confirmado por el testimonio de algunos familiares…
_ ¿Y el hombre?
_ Una desgracia. Mientras nuestros peritos reconstruían el caso de la mujer, este hombre ha estado cerca, en el mar. Al parecer confundió el muñeco del peritaje con una persona real. Según los testigos, se arrojó a salvar a este muñeco cuando los investigadores lo tiraron. Se cree que no vio a los policías ni escuchó cuando le gritaban. El cuerpo apareció hace algunas horas, estaba en posición fetal…es lo característico en casos de hipotermia, el cuerpo busca protección y esta postura es la primitiva, como en el nacimiento…una tragedia inexplicable…_

Abajo, el hombre se fue del mundo como había llegado. Arriba, otro desesperado recibió su destino en un pergamino.

Vuelo sin ver

Soy el hombre más feliz…vuelo sobre quien sea. No veo sonrisas. Levanto el rostro y vuelo, sin ver. No hace falta admiración, me basta la caricia del aire en la piel...y esa luz.
Oigo…o creo oír palabras sobre mí, pero no necesito las palabras si el viento me habla como a un igual, si soy parte del viento que me lleva a la luz.
Veo sombras y juego a escapar de ellas. La luz me pertenece y disfruta de mi figura, la luz me ama y yo la busco.
Saboreo dulce en el aire el perfume de un beso que desconozco. No necesito el amor de un perfume, tengo la luz que me ama.
Me acerco a ella… a mi luz…ella no se mueve…me espera…
Siento el calor de su piel en mi piel y me quema… soy el hombre más…
- ¡Papá! No hizo falta el insecticida, el mosquito se metió en el portalámparas.

Héroe

_¡No puedo creer que el sueño de mi vida al fin se cumpla!¡ Tener aquí a mi héroe, tan fuerte que no hay hombre que pueda superarlo!. ¡El traje marca su cuerpo formado a fuerza de trabajo!. ¡Los músculos en sus brazos lo delatan, es fornido y fuerte aunque sensible y humano!. ¡El rojo y azul de su hábito de paladín relumbran al sol y lo hacen brillar cual antorcha del faro eterno de la justicia!. ¡Sus alas pueden llegar hasta el sol sin derretirse!. Es capaz de atravesar paredes con su puño, puede saltar de un edificio a otro sin sentirlo siquiera en sus pies, puede ver más allá que el azor….el azor?
_ Che pará, ¿qué es el azor?
_ Un pájaro que puede ver muy lejos…lo leí en una revista…. pero dale seguí que me canso acá arriba.
_ Pero esto que escribiste es cualquiera… yo así no juego…además el Hombre Araña no tiene alas…y menos de plástico.

Hormigas

Yo me preparo para cargar una vez más mientras la reina duerme su último parto. Hoy nacieron más peones para la colonia. Mis hermanos comienzan a cargar hoy.
Las reinas anteriores, como ésta, nos dieron la vida para sacar ventaja de nuestro sacrificio. Cada una ha vivido gracias al trabajo de sus peones; hijos y esclavos al servicio de una madre sin rostro.
Nos movemos dentro y fuera del hormiguero en una danza que comienza ágil en la juventud y se vuelve hipnótica, febril, rutinaria al crecer nuestros cuerpos.
Hambrienta del sudor de sus vástagos, la reina pide trabajo. Sofocados cargamos día a día nuestro alimento y, en el sudor de la carga… el suyo.
Pero todo se justifica por la colonia. Hermanos de distintas madres alimentamos a la monarca de turno y cuidamos del vecino como de la propia carne. La colonia es la meta del sacrificio, el bien común.
Hoy cargo alimento a la morada, la reina pide el sudor de mi frente y yo cargo sin creer que mi trabajo alimente un amor despótico pero materno al fin.
Cargo su comida…mis tribulaciones…mis miedos…mis sueños truncos en pos de la colonia…mis planes futuros viéndome libre de ella…
Entro en mi auto, lo enciendo y apenas salgo a la calle suena el teléfono. Mi jefe pide reunión una vez más. Es mi turno recibir a los nuevos empleados.
Entro en la autopista como en una danza que ya es hipnótica para mí. El camino lleva a otras hormigas, en otros autos, a otros hormigueros. Todos cargamos para una madre distinta. Todos los días salgo…y todos entro a la empresa en que trabajo, como a un hormiguero…
La empresa me consume…es mi reina… un empleado más de una multinacional…un número…un hijo huérfano con una madre sin rostro. Un peón nacido en la colonia de sus edificios para alimentar a quién sabe quién con mi sudor. Quiero mi propia colonia…pero sólo me enseñaron a cargar.

Ilustración: http://jarillero.blogspot.com/

Hombre con alas

Si sólo soy un hombre qué hacen mis brazos con alas.
Adónde puedo ir sin la postura original de mi espalda recta, que ahora cae por la melancolía y el peso de los años y la vida. Ahora sé algo.
Antes no era así, yo vivía en la seguridad de ser dueño de mi tiempo, así viví. Ahora sé que no hay tiempo en donde estoy.
Reiné sobre gentes y ciudades, los abatí bajo el yugo de mis caprichos, sobre el extremo de mis necesidades. Ahora sé que mis necesidades no importan, no hay quien responda mis caprichos y yo no necesito subyugar.
Conspiré contra los artífices de mi gloria por no compartir la historia con ellos, sofoqué el talento de cuantos pudieran hacerme sombra. Inscribí mi nombre en el cuerpo de todos. Ahora sé que no necesitaba la gloria. La historia ya es leyenda y nadie la cree. Mi nombre inscripto nadie pudo reconocerlo, porque nunca les enseñé a leer.
Comandé ejércitos de hombres y los obligué a matar a sus hermanos, y a los míos. Llevé delante de ellos la espada y el grito, sentí la sangre en mis manos antes que ninguno y disfruté el panorama final de las batallas. En cada brazo en alto del derrotado vi escrito mi nombre con su sangre. Ahora sé que la sangre se seca y cae en trozos, ni mis nuevas alas la necesitan. Nadie recuerda mi nombre, no se oye mi grito, no hay con quién pelear ni quiero hacerlo.
Amé. Tanto amé a cuantas hubo en mis tierras. Más tarde supe que no era amor tenerlas a todas, no era amor si ellas no me amaban. Ahora que no puedo amar como lo hacía, sé que el amor no es algo que se haga porque sí.
Ahora no estoy y sólo siento el peso de una culpa que empiezo a reconocer. Una culpa con forma de alas.

Castigo

¿Cuál es mi mal?. Me pregunto una y otra vez cuál fue el pecado que pago con este castigo. Ser humano ya es pecado, pero nada justifica mi pesar.
¿Es fuego el que me quema? ¿Son acaso las cenizas del infierno las que cubren mis manos? Apenas puedo abrir los ojos, el azufre abrasa mi vista. ¿Qué hice? ¿Tan grande fue el daño para la pena que sufro? No puedo mover mis piernas y la piel comienza a arrugarse por los fuegos de este Hades...
_Mi amor, ¿te podés quedar quietito, por favor? El agua está caliente, echaste el talco en la bañera, te pongo el champú y te entra en los ojitos...hace media hora que te estoy bañando...mirate las manos las tenés arrugadas...
_ Y bueno má, si no me gusta bañarme.

Retrato


Un retrato es como un hijo, decía mi maestro, el hijo preferido entre las obras del pintor. Y los ojos son la clave del retrato, sin ojos no hay vida.
Siempre quiso mi maestro pintar ojos a sus personajes, pero acababa siempre por pintar gente con los párpados bajos. Por eso decía que pintaba muertos. Y por alguna razón su autorretrato tenía también los ojos cerrados. Según él, si con los ojos no podía darle vida al lienzo, prefería no pintarlos.
Yo comencé mi retrato por un impulso del orgullo, y acabó por consumirme. Un fondo oscuro que mostrara sólo mi rostro sobre él. Orgullo no sé aún por qué, si nada hice además de este retrato.
Pinté un fondo oscuro y no recuerdo cómo mezclé los colores. Era como una cueva… una pared en una cueva. Listo el fondo, mi silueta en carbón; un día en que acabé extenuado.
Cada detalle de la cara me dejaba serio, las líneas características cambiaban mi humor, las sombras que la favorecían me daban escalofríos. Cada detalle me cansaba más.
Una sonrisa apenas dibujada en el lienzo y yo perdí la mía. Color en los labios, y los míos perdieron el color. Las mejillas rosadas y con vida en el cuadro, para palidecer el rostro de este aprendiz de pintor. Yo perdí el cabello cuando cubrí con la capucha mi rostro inconcluso en el retrato.
Comprendí que dejaba mi vida en el cuadro, y decidí dejarlo. No me animaba a poner brillo en los ojos por no quedar ciego; al fin, era lo que a él le faltaba y yo tenía. Lo oculté tras un bastidor en el estudio de mi maestro, y pasaron los años.
Abandoné la pintura sin recuperar lo que el cuadro me había quitado. Dediqué la vida a ayudar a mi maestro, él nunca preguntó por qué.
Una ocasión entre las pocas que recuerdo, el maestro quiso ordenar el estudio sin mi ayuda. Halló el cuadro tras un bastidor y decidió terminarlo poniendo brillo a esos ojos.
Hoy miro el mundo desde el cuadro. Los primeros ojos, los más brillantes que mi maestro el gran pintor pudo crear, fueron los míos.
Por fin el maestro le dio vida a un cuadro. Y cuando no regresé, supo lo literal que era esa frase.

El sueño del fuelle

En el estante de una casa de música, soñaba un fuelle con unas manos de mago. Un día oyó que existían y deseó verlas, ser suyo.
En el sueño, el hombre les daba el aire y de ellas nacía la sangre de un fuelle, que en el sueño,
era él. Un hombre, unas manos y un bandoneón que hacían magia, padres los tres de melodías inmortales…liberadoras de suspiros y sonrisas. Al despertar, el estante y el resto de los instrumentos.
Un día, las manos y el hombre aparecieron. Querían un bandoneón, uno para cambiar el mundo y darle vida en cinco minutos de tango. El fuelle sintió que dentro le latía un corazón, llamó a las manos…ellas se acercaron….
Otro fue el elegido, y se fueron los tres para dar vuelta la historia. El fuelle volvió a dormir, pero no pudo soñar las manos que amaba.
El hombre cambió la historia con sus manos y el bandoneón. El fuelle en el estante imaginó el regreso, creó en su corazón las melodías inmortales que había soñado…el tiempo y la espera fueron secando su cuerpo…Tiempo después, la noticia fue como una herida punzante: el hombre se había ido con sus manos para siempre.
En el estante de una casa de música, en medio de un llanto de tangos soñados, un fuelle se partió y las manos de un mago inmortal lo llevaron de regreso al sueño, a cambiar la historia donde nadie podía separarlos.